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La honestidad política. Nota de lectura de Benedetto Croce

RATIO LEGIS

Los días de asueto permiten recalar en autores y lecturas que no pueden frecuentarse en el fragor del quehacer cotidiano. Siguiendo uno de los hilos de un tema visitado con recurrencia en mis entregas –las letras y el gobierno– he dado con Benedetto Croce, el gran filósofo e historiador italiano de la primera mitad del siglo veinte.

Para Croce los intelectuales tienen una responsabilidad y una función política, no en tanto hombres que deban ocupar el gobierno sino en tanto hombres de pensamiento. En esa línea llega a afirmar que "no se puede cultivar la filosofía, ni la crítica ni la historia, sin poseer vivo el sentido de la política y un ardiente afecto por la patria". Concebía la actividad intelectual como una manera específica de actuar la política. No obstante esa declaración, quisieron las circunstancias que ejerciera activamente un Ministerio y en varias ocasiones ocupara una silla en el Senado.

El filósofo no se evadió en la pura abstracción de los conceptos, sino que se ocupó desde el punto de vista práctico de cuestiones éticas esenciales. Lo hizo sin eufemismos, de ahí que su tono pueda resultar provocador y, para algunas sensibilidades delicadas, hasta escandaloso. La nave de su vida atravesó tiempos tranquilos y tempestades; vio la fragilidad con que se puede desmoronar la paz y la atrocidad de las guerras (bellaque matribus detestata: las guerras, aborrecidas por las madres). Una mirada así no se engaña con facilidad ni pierde el tiempo elaborando rimas.

En sus ensayos (Etica e politica, Adelphi, 1994) Croce aborda el tópico de la honestidad política. Entonces, como ahora y como siempre, especialmente cuando se conocen hechos que pone el punto en la palestra ---lo que ocurre lamentablemente con frecuencia--- se incurre en el hallazgo de que la cosa pública sólo debe ser ejercida por personas de probidad. Pero esta sencilla demanda se lleva al despropósito cuando se piensa que de esa sola virtud depende el buen gobierno, como si se tratara de ejercer un ministerio de bondad y caridad. Croce presenta aquí una verdad redonda.

Sin embargo, admitido que la incompetencia y la falta de capacidad en los hombres que ejercen funciones de gobierno pueden resultar más funestas y causar mayores calamidades que la falta de honestidad ¿debe postularse la prescindencia de esta en la cosa pública, confinándola a mera virtud privada? ¿Debemos resignarnos a sacrificar la honestidad en los altares de la eficacia? No creo que sea así; no puede ser así. Si no me equivoco, en el centro de esa extendida visión, que asume algo así como la torpeza congénita de los honorables para operar la política, reside una falacia. Si bien un Estado no se mantiene con la pureza y la rectitud de las intenciones, de ello no se sigue que la gobernanza deba ser arte de prevaricación. Quien presenta la situación como dilema se engaña y nos engaña. No se trata de elegir entre la eficacia de los venales y la torpeza de los decentes, como si fueran las únicas opciones posibles y como si la inteligencia fuera atributo exclusivo de eminencias grises. La cosa pública no es pura técnica: también es la representación de valores; sin ellos, los estados se convertirían en los reinos denunciados por Agustín de Hipona: magna latrocinia. Tengan salud.