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La reforma energética: ¡Por fin!

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Por: Enrique Cárdenas Sánchez

En estos días está ya por concluir la gran reforma energética que se había dilatado… ¡varios decenios! Pasar por el Congreso no solamente la reforma constitucional —complicada de por sí—, sino también las leyes secundarias que presentaban muchos desafíos y dificultades se logró por fin.

En este espacio y asimismo en muchos otros, se ha comentado la importancia y los retos que una reforma de esta envergadura representa: la fortaleza, autonomía y consistencia de los nuevos órganos reguladores y los antiguos transformados; la autonomía de gestión de CFE y Pemex, y cómo lograr que consabidas empresas, ahora "productivas y eficientes", sobrevivan a una mucho mayor competencia; cómo establecer mecanismos de transición para asegurar el abasto, que los precios bajen y que al mismo tiempo logremos atraer la inversión extranjera que se necesita para revitalizar el sector; cómo asegurar que el sector energético sea, verdaderamente, un puntal de nuestro desarrollo y no un lastre; cómo asegurar que nuestra dependencia fiscal de los ingresos petroleros no merme y complique las finanzas públicas del Estado mexicano; cómo enfrentar las contingencias ambientales frente a las enormes compañías internacionales; usted puede verlo, esos "cómo" constituyen un largo etcétera.

Dado lo anterior, lo que queda más que claro es la complejidad de la reforma energética. El resultado que se avizora es, con creces, mejor al que los más optimistas preveían hace apenas unos meses... ahora lo que sigue es ver si en efecto, los resultados se acercan a las expectativas. Ahora bien, esto no termina ahí: debemos estar preparados para realizar ajustes legales adicionales en el camino, ¿por qué? Porque la reforma no es de hecho lo que políticamente fue transitable, más bien lo es por su propia complejidad y nuestra incertidumbre respecto de las reacciones frente a las nuevas reglas por parte de gobierno, empresas extranjeras, trabajadores de Pemex y CFE, el mercado y la tecnología, por mencionar algunos. Por tanto, el gobierno no debe ofrecer, como fue el caso de la reforma fiscal, que no habrá nuevos cambios en las leyes, pues serán indispensables.

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Estoy consciente que los términos de la reforma no dejaron satisfechos a numerosos actores, analistas, académicos... probablemente tampoco a las empresas que potencialmente entrarán al mercado; sin embargo, me parece válido mencionar que, aún con sus deficiencias, el avance es mayúsculo. Hace unos años, en el CEEY criticamos la reforma energética del gobierno de Calderón, que fue celebrada en su momento por los tres grandes partidos como un gran triunfo. Así lo hicimos porque fue una reforma "chiquita". Esta reforma no lo es. Estamos frente a un cambio profundo y en la dirección correcta. No quedaba de otra: es difícil concebir a un México vigoroso, competitivo, con empleo creciente y más bienestar, sin una reforma de gran calado en el sector energético. De no hacerla, estábamos condenados a arrastrar un peso enorme que nos impedía desarrollarnos mejor.

A pesar de lo positivo del cambio, debemos tener en cuenta que los resultados económicos importantes no los veremos en el corto plazo, pero vienen y es un hecho. Como muestra, este botón: Aunque parezca lo contrario, el trasladar una parte de los pasivos contingentes de Pemex y CFE al gobierno federal a cambio de una revisión de su contrato colectivo que reduzca el costo de las pensiones de la empresa hacia adelante es un ahorro para los contribuyentes. De hecho, la transacción financiera es solamente cambiar de lugar esos pasivos dentro del balance del gobierno federal. Al final, todos pagaríamos esas pensiones, se dice, de la misma manera que tendremos que seguir pagando las pensiones de los trabajadores del IMSS, del ISSSTE, etcétera. Aquí viene el verdadero ahorro: nosotros contribuyentes ya no pagaremos las jugosísimas pensiones de los trabajadores de Pemex y CFE que resulten de la modificación obligada de su contrato colectivo. Además, la empresa tendrá incentivos para hacer más ajustes en sus gastos, en sus privilegios, pues en la nueva situación, después de la reforma, tendrá que rascarse con sus propias uñas. Los pasivos laborales que se queden en la empresa después de la reforma (como 9% del PIB), y verdaderamente sean cubiertos por ella y no por el gobierno, como debería de ser, significarán en los hechos un gran ahorro para los contribuyentes. Eso, sí hay que aplaudirlo.

ecardenas@ceey.org.mx