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Los libros y la política

RATIO LEGIS

Michael Ignatieff es un prestigiado académico de origen canadiense que ha enseñado derechos humanos y política internacional en la Universidad de Harvard. Es autor de textos fundamentales sobre ética y gobierno, además de ser uno de los más destacados biógrafos de Isaiah Berlin. Hace apenas pocos días empezó a circular bajo el sello de la editorial Taurus la traducción al español de su más reciente libro titulado Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en la política. La obra ha merecido reseñas de personas más capaces y acreditadas que este escribidor (recomiendo Academia y política, de Luis Rubio, aparecida en las páginas del periódico Reforma del 20 de abril ); de cualquier modo, no he resistido dedicarle una nota.

El libro es una narración sincera de la incursión de Ignatieff en la política de su país y de su postrero y rápido fracaso. La tesis central sugiere la escasa utilidad que tienen en la práctica de la política real las cualidades y virtudes propias de quienes se dedican profesionalmente a cultivar la reflexión y el pensamiento. La honestidad intelectual y el rigor son lastres para el que se embarca en la nave de la política, cuyas velas se mecen bajo corrientes y vientos falaces y dudosos. Para sortearlos sirve más poseer la astucia y la malicia de un Ulises, que toda la sabiduría de los Siete Sabios

El elenco de antecesores de Ignatieff es ancho y él mismo repasa algunos nombres. Cicerón fue retirado de la política (¡qué feliz suceso, pues fue entonces que frecuentó las letras y nos dejó un legado más valioso que todos los consulados del mundo!) y escribe a su amigo Ático: "solía estar en el puesto de mando, llevando el timón del Estado, y ahora apenas hay lugar para mí en una bodega". Maquiavelo, un realista de ligas mayores, como es bien sabido, escribió El Príncipe cesante de cargos públicos, añorando hasta el final el olor y el ruido de las cortes. James Madison, autor junto con Hamilton de El federalista, tal vez el panfleto político más brillante de la historia constitucional, ha sido el único presidente de Estados Unidos obligado a abandonar la Casa Blanca. Alexis de Tocqueville, de cuya pluma proviene el más notable panegírico de la democracia (La democracia en América) se marchitó en los bancos del parlamento francés mientras deploraba la inanidad de los discursos pronunciados por su colegas congresistas. John Stuart Mill, el mayor teórico del gobierno representativo apenas duró un periodo en la silla curul que ocupó entre 1865 y 1868, ya que fue derrotado en sus segundas elecciones. Max Weber, con todo y su imponente Economía y sociedad, ni siquiera pudo lograr la candidatura del Partido Democrático de Alemania, cuando buscó ser postulado en el año 1919.

Puestas las cosas así, la conclusión a la que debería llegar el autor no podría ser más irritante y odiosa. Pero no lo es. No es que la política sea una actividad opuesta a la ciencia y a la cultura, y en la que sólo tienen posibilidad de éxito los arteros e ignorantes. De hecho, Ignatieff hace un reconocimiento a los políticos tal como la mayoría son, a los que considera imprescindibles para la vida democrática. La conclusión es otra: la política no es un oficio para aficionados y las únicas credenciales valederas son las que extiende ella misma: no la academia, ni cantar precioso o pintar cuadros magníficos. A lo mejor sería bello que fuera de otra forma, pero es así como es. Y punto. Tengan salud.