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Misógino Feminista

NUEVOS LIBROS

A la mujer, en nuestra literatura, le corresponde asumir un papel fundamental: el de paisaje. El hombre es, siempre, el centro, la razón de ser. En las márgenes, ennoblecida o mancillada, la mujer se mueve —según le vaya— con dignidad o sinuosamente. Puede ser la madre (que todo lo sufre), la esposa (que todo lo perdona) o la prostituta (que todo lo degrada). Es, por necesidad, un pretexto o una ocasión. Alguna vez lo expresó con tono lapidario (no musicalizable esta vez) Antonio Machado: "La mujer es el anverso del ser". ¿Cuál es el anverso del ser? ¿El no ser, la no entidad? ¿O el territorio a un costado de la ontología, donde afirmaciones o negaciones se producen invertidas, fantasmales, inexistentes a fuerza de oponerse a la verdadera realidad? El ser de la mujer, de acuerdo a esta concepción, es, cuando se da un ser derivado, prestado. Para esta literatura (y para esta pintura, esta música popular y posteriormente para esta radio, este cine, esta televisión), la mujer es una representación masculina de no estar (oficialmente) solo. La primera presencia es Tonantzin, Nuestra Madre que deviene en Guadalupe, quien no hizo igual con ninguna otra nación. Al decretarse y fundarse políticamente el milagro del Tepeyac, se fijan los términos de la idealización: la mujer venerable, reverenciable ("Te juro que eres lo más sagrado para mí") es la Virgen, con o sin mayúscula. Si la interpretación no estuviese sospechosamente teñida de psicologismo, se podría advertir en toda una zona de la literatura (o de la realidad) el programa panvirginal: lo inmaculado es el signo de las mujeres respetables: mi madre o mi esposa o mi hija son, han sido y serán vírgenes perfectas, porque la virginidad, más que una condición física, es un atributo de lo que me pertenece. Como objeto de mi posesión, es inaccesible, al margen y más allá de cualquier profanación. En última instancia, la virginidad será sagrada por manifestarse como forma, compleja y evidente a la vez, del derecho de propiedad.

Inventada, dibujada y desdibujada por la literatura, la mujer va asumiendo, encarnando diferentes papeles: es la amada remota a la cual deben dedicarse reflexiones y reminiscencias (el objeto idolátrico de algunos poetas modernistas, la Fuensanta de López Velarde); la novia pura (la Remedios de Emilio Rabasa, la Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano); la madre abnegada y comprensiva que resplandece desde el dolor y la pérdida (ser ubicuo y omnipresente que se desplaza de la novela de folletín a la poesía popular, en el estilo de "El brindis del bohemio" de Guillermo Aguirre y Fierro, a los personajes dulces y firmes de Efrén Hernández); la pecadora arrepentida, Magdalena, enterada de que el precio por el rescate de su virginidad es la muerte (la heroína del folletín, la Santa de Federico Gamboa); la devoradora, quien adquiere de los hombres el espíritu depredatorio, quien acude a técnicas masculinas de sojuzgamiento para vengarse por la destrucción de su virginidad (este cliché, muy compartido, resulta personaje secundario en las novelas y principalísimo en el cine: María Félix lo convertirá en su emblema como también, en plena abundancia terrenal, las rumberas: Ninón Sevilla, Meche Barba, etcétera. Recientemente, Irma Serrano en La Martina revivió a la devoradora confundiendo a la ninfomanía con la mentalidad de la sociedad de consumo).

Otros arquetipos: la soldadera fiel, la criatura admirable que se deja matar por su hombre en el canje de vidas (la Codorniz de Los de abajo de Mariano Azuela); la coqueta victimable que juega con su honra para perder (Micaela en Al filo del agua, de Agustín Yáñez); el ser febril y remoto (Susana San Juan en Pedro Páramo, de Juan Rulfo); la amante enloquecida, la víctima del amor-pasión que en la entrega se redime de su impudor (Adriana en La Tormenta, de José Vasconcelos); la diosa venerada, tan magnífica que merece alternar con la madre (Rosario en el "Nocturno" de Manuel Acuña); la hembra terrenal ya irrecuperable, la india brava de bruna cabellera en el "Idilio salvaje" de Manuel José Othón); la ninfeta purísima cuyo amor con el adulto sólo puede consumarse en la tragedia (la Carmen de Pedro Castera).

¿Una conclusión rudimentaria y general? Nuestra literatura carece hasta el día de hoy de personajes femeninos cuya realidad se describa orgánicamente. No se establecen unitariamente: se presentan como mitología, diseños previos. Incluso en la que quizá sea nuestra mejor novela, Pedro Páramo, al lado de lo descarnado y obsesivo, de la presencia tajante del cacique, se da lo doblemente espectral, la presencia enloquecida por incorpórea de Susana San Juan, quien jamás desiste de su condición aislada y distante, es siempre el erotismo intenso e impreciso, la afonía fantasmal, el amor inasible. Pedro Páramo poseerá a todas, las ultrajará, las domará, las desechará. Mientras las mujeres sean inferiores son posibles: Dolorita Preciado o Damiana Cisneros. Cuando Pedro Páramo eleva a Susana a su nivel y la ama no con amor de violentador físico, en ese instante Susana San Juan se despoja de cualquier característica definible, se vuelve delirante proyecto místico, un abandono erótico que anhela la eternidad; se vuelve, en definitiva, el no ser.

Lo cual es inevitable. Porque así sea mínima la relación entre lo que podría designarse (de modo convencional) como realidad literaria y realidad real, ese vínculo unirá a la literatura con un espacio donde la mujer no dispone de peso específico, en una situación secundaria y dependiente. Para que la mujer llegue a la literatura con un centro de gravedad propio, debe advenir como invento, convenio entre el autor y la credulidad del lector. No es un problema de misoginia: lo que sucede es previo y posterior al odio a la mujer. Cultura y literatura conciben a la mujer como una criatura sólo concebible o consignable por escrito, ya que al ser reproducida naturalistamente, por ejemplo, carecería de interés y densidad espiritual. La mujer en la literatura mexicana, si va a ser expresada con complejidad, será, casi fatalmente, una abstracción.

Fragmento del libro Misógino Feminista (2013), publicado con autorización de Editorial Oceano.

Consíguelo

Misógino feminista

Editorial: Editorial Planeta

ISBN: 9786074009965

Año: 2013

Carlos Monsiváis

(Ensayista, 1938)

Uno de los grandes escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Doctor honoris causa por varias universidades, fue distinguido con numerosos galardones, desde el Premio Nacional de Periodismo en 1978 hasta los Premios Mazatlán y Xavier Villaurrutia, el Anagrama de Ensayo en 2000 o el Juan Rulfo de la FIL en 2006.

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