Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

0 0

Recuerdo de Norberto Bobbio

RATIO LEGIS

Hace unos pocos días se cumplieron diez años del fallecimiento del gran filósofo italiano Norberto Bobbio (Turín, 18 de julio de 1909 — 9 de enero de 2004). Periódicos de muchas partes del mundo han publicado recordatorios y necrológicas, indicativo de la estatura que alcanzó este pensador de aspecto tímido y huraño. En su vida casi centenaria (falleció a la edad de 94 años, por lo que solía bromear diciendo que la muerte se había olvidado de él) ejerció de forma ininterrumpida el ministerio de las aulas y los libros. Universitario y universal, este profesor infatigable y taciturno nos ha legado páginas fundamentales acerca de la democracia, el derecho, la política y el poder, campos en los que discurrió luminosamente su pluma. Su larga vida le permitió ser testigo del convulso y terrible siglo veinte. Su obra, tanto la de manufactura académica como la que produjo en su amplio empeño de escritor civil, aparece toda movida por un aliento que sopla desde la razón de la que fue cultor egregio. Era frecuente que terminara muchos de sus escritos con interrogantes y no con conclusiones. Afirmaba que es mejor formular preguntas serias que dar respuestas fatuas.

En su prosa tersa, clara y afilada se pueden atisbar rasgos de su personalidad y de su credo civil. En uno de sus libros más bellos hace, precisamente, el elogio de la templanza (Elogio della mitezza, Il saggiatore, 1994), esa virtud social propia de los hombres pacíficos que se opone a la arrogancia, a la prepotencia y a la protervia. En su humildad de sabio, siempre colocó la duda por encima de la certeza y de la verdad con mayúscula. Pero no era su duda un estado de indecisión, sino un método de razonar. Lo supo bien y lo sabemos ya todos: los dogmas son simientes de fanatismos y barbaridades, como las que tantas veces ocurrieron a lo largo de su siglo. Era, no podía ser de otra forma, adepto y defensor férreo del laicismo. Estipulaba que las virtudes del laico, de todos aquellos que no conocen la esperanza de la que gozan los creyentes, eran el rigor crítico, la duda sistemática, la moderación, el no prevaricar, el respeto a la ideas ajenas; virtudes todas mundanas y civiles.

Gran clasicista, el profesor de Turín es también ya un autor clásico. En el coloquio de los siglos, él es un conversador que media entre nosotros y los mayores representantes del pensamiento político que le precedieron. Es posible imaginarlo haciendo de simposiarca en una mesa en la que comparecen secuaces de los dos bandos: realistas duros como Hobbes, Maquiavelo y Marx, e idealistas redomados como Platón y los utopistas del Renacimiento, hasta Kant y muchos otros de esta talla gigantesca. De todos, fue por el autor de El Leviatán por quien tenía predilección especial; lo seducía su genio y su rigor, pero siempre tuvo claro que no era un escritor de libertades, sino del orden y la seguridad.

En su autobiografía (De senectute, Einaudi, 1996) escrita en las postrimerías de su vida, el nonagenario filósofo nos desliza algo que sólo los mayores alcanzan a entender y que yo recojo desde ahora: "La vejez es un mundo donde importan más los afectos que los conceptos". Tengan salud.

[email protected] twitter: @enriqueinzunza