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Shakespeare

RATIO LEGIS

Hace pocos días se cumplieron cuatrocientos cincuenta años que vio la luz del mundo uno de los portentos más asombrosos que han visitado la Tierra, el inconmensurable William Shakespeare. La medida de su lugar en la cultura lo da una simple y sencilla constatación: que no es necesario haberlo leído para que cualquiera pueda dar noticia suya o de alguno de sus personajes, que han cobrado vida real y se pasean a sus anchas entre nosotros. Leares, Macbeths, Yagos, Romeos, Prósperos y príncipes Hamlet nos resultan tan conocidos como otros personajes que sí han existido y que hemos visto desfilar en los libros de historia. Será porque en ellos, en sus gestos y pasiones, se halla contenida toda la humanidad.

Nuestra cultura es en gran medida literaria. Desde los griegos, los escritores han imaginado personas más macizas y vivas que las de huesos y carne, a las que les han insuflado el aliento de la inmortalidad. En el rumor de los tiempos no resulta ya fácil distinguir, por ejemplo, los hombres y la escritura que han generado sus nombres. El mismo Sócrates, o el propio Jesús, el más extraño y enigmático de todos (cito de memoria un verso de Borges), ¿no serán acaso los más geniales personajes que hayan inventado jamás la imaginación y las palabras? Y las instituciones, ¿acaso no son producto de la invención? ¡Por supuesto! El Estado es la mayor de todas las obras de arte, y antes que aparecieran las constituciones hubo quienes imaginaron sus formas. ¿Qué otra cosa son las ideas de "voluntad general", "soberanía" o "representación popular", por ejemplo, sino, primaria y originalmente, creación literaria? Los primeros legisladores fueron poetas e imaginadores.

Todo Shakespeare está dotado de un filo que irremisiblemente hiere y marca de forma indeleble a los espíritus atentos. Nadie puede leerlo con impunidad. Pero hay pasajes que hacen temblar y lo dejan a uno embargado de un sentimiento intraducible, amargo y dulce al mismo tiempo. Es el sabor de lo humano. ¿Quién puede disimular y discurrir apacible, cuando ha oído al príncipe Hamlet deleznar, escéptico y melancólico, las cosas de un mundo sentido injusto y absurdo? "Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es la más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a ese torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia..." O a la feroz señora de Macbeth, que lo impele a cometer el crimen horrendo y lo fustiga al verlo dudoso ante el magnicidio que ha prometido cometer en la persona del rey Duncan, para usurpar su corona: "¿Es ese el amor que me mostrabas? ¿No quieres que tus obras igualen a tus pensamientos y deseos? ¿Pasarás por cobarde frente a tus propios ojos?...Yo he dado de mamar a mis hijos, y sé cómo se les ama; pues bien, si yo faltara a un juramento como tu has faltado, arrancaría el pecho de las encías de mi hijo cuando mi risueño me mirara, y le estrellaría los sesos contra la tierra". Palabras, palabras, solo palabras. Sí, pero quién no se estremece con ellas. Tengan salud.