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* Ahí les van sus premios * El furor de los Triquis

AMANECER DEPORTIVO

Un poco de reconocimiento. Así, llano y no sé si con cierta jiribilla que a más de alguno puede destantear, tituló nuestro compañero Lino Cárdenas la nota que, sobre la entrega de reconocimientos a medallistas mazatlecos de la Olimpiada Nacional, publicó en la edición de ayer tras su visita en cabildo.

Las ocho medallas de oro, 12 de plata y 13 de bronce que la delegación porteña consiguió a su paso por Veracruz no valieron a nuestras flamantes autoridades más que un diploma... y un discurso que ya raya en la demagogia pura: vendrán tiempos mejores.

En el trienio que, se supone, prioriza el deporte y le da en su justa dimensión la importancia que en verdad éste tiene, la crema y nata del deporte federado recibió poco, por no decir misérrimo.

Se aplaude que, por un lado, el alcalde Carlos Felton y su glamorosa directora del deporte (sí, Mónica Coppel) voltéen a ver al atleta y más si éste despunta como uno verdadero garbanzo de a libra.

Pero se critica la poca visión mostrada el viernes pasado cuando fueron citados los medallistas y se les otorgó la "constancia de participación"...para que la ocasión no pasara inadvertida.

Aunque hizo un compromiso que más a o menos iba en el sentido de respaldar el desarrollo de los competidores, Felton desaprovechó la oportunidad. No habló de otorgar becas -algo similar a las que el ISDE provee mensualmente o bien a las que el Instituto Municipal de la Juventud maneja-, ni de ofrecer clínicas de capacitación con el personal especializado o, ya de perdis, de dotar de algún material que les permita continuar con éxito sus carreras.

Eso sí. Muy sonrientes se veían en la foto. Lo demás, que espere.

Los gigantes descalzos. Contra lo que algunos recelosos piensan, los Niños Triquis sí han causado sensación a su paso por Mazatlán.

Acicatados por una cultura ancestral que es reflejo fiel de las condiciones sociales en que viven y que los orilla forjar un estilo que es ya muy propio y, además, exitoso, los gigantes de la montaña generan una expectación taquillera por su juego y peculiaridad.

Sencillos, amables, juguetones, se dejan querer. Y, pese a la fama que cada vez ganan por sus victorias recurrentes, no se les ve trazas de que algún día vayan a perder el suelo que con tan buen tino pulen con esos pies descalzos, pero llenos de prodigio y magia.

"A los Niños Triquis se les ha "magnificado", me dice un renegado conocido entrenador mazatleco de baloncesto. Si se les ha dado proyección -le contesté-, no ha sido por gusto, sino ganada a pulso por los logros que han maravillado incluso en el extranjero.

Y aunque no desembolsan un solo centavo -todo corre por cuenta de los organizadores que los invitan-, los Triquis dejarán huella.

La del estribo. Verano encima, los campamentitis vuelven a florecer. Con sede en la cancha Germán Évers, los primeros dos ya se destaparon -el de Horacio Llamas, los primeros días de julio, y el de Delta Jamers, a mediados del mismo- y traen la mística de todos los años: enseñar fundamentos. Hago la misma pregunta de todos los años: ¿realmente sirven a la niñez? Solo es pregunta.