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* "Mi general, no se ha perdido todo" * "Su legado, la última gran utopía"

INDICADOR POLÍTICO

¿Qué hicieron los intelectuales cardenistas en el periodo 1940-1970, 1970-1992 y 1992-diciembre de 2013? Quejarse, mirar desde la distancia académica y algunos hasta coquetear con el adversario.

De los abajofirmantes de la carta a la Corte Suprema para pedir la anulación del proceso legislativo plural y de los congresos estatales sobre la reforma energética, el caso de Lorenzo Meyer es quizá el más destacado: historiador de la Revolución Mexicana y de la hazaña del nacionalismo petrolero, en 1992 decretó la segunda muerte, "la aparentemente definitiva", de la Revolución Mexicana, entendida ésta como la encarnada por el general Lázaro Cárdenas.

En su libro La segunda muerte de la Revolución Mexicana, editado en abril de 1992 por la editorial Cal y Arena del grupo nexos --en ese entonces marcadamente salinista--, Meyer incluye un texto final dedicado "a mi general" Cárdenas como "parte de novedades". La argumentación del académico se basó en la tesis de que el proyecto cardenista tuvo muchas fallas, "ya que toda utopía al enfrentarse con la realidad sale perdiendo", porque los gobiernos posteriores enfatizaron las fallas y se olvidaron de los aciertos.

Los intelectuales cardenistas, que el propio general Cárdenas esperaba que actuaran para acotar el conservadurismo de su sucesor Ávila Camacho, no aparecieron en las tres fases de declinación del cardenismo: de 1940 a la muerte del general en 1972, del populismo de Echeverría al neoliberalismo salinista que en marzo de 1992 que borró la Revolución Mexicana del PRI y de 1992 a la reforma energética de 2013. A lo largo del debate por la reforma energética a finales del año pasado, ningún académico cardenista destacó por organizar una oposición, ni siquiera los vinculados, como Meyer, al proyecto político de López Obrador.

El "Parte de novedades" de Meyer enlista la desviación de la herencia política de Cárdenas: el presidencialismo que ejerció el liderazgo de las reformas se convirtió parte del problema y "no de la solución", el petróleo no se destinó a consumo interno sino a exportación, el campo se hundió en la crisis y el ejido "no es ya, ni remotamente, esa roca en la que habría de edificarse el México nuevo", los internados populares se olvidaron.

Al final, Meyer define la retórica del cardenismo, "la esencia del cardenismo": "hacer de México un país justo, democrático, libre y lleno de confianza en sí mismo", aunque sin decir cómo ni con quien.

Para Meyer, la primera muerte de la Revolución Mexicana ocurrió con el alemanismo, "cuando los líderes mexicanos decidieron aventurarse a todo vapor por el camino de una modernización anárquica" y cuando la Revolución mexicana se identificó como una "tercera vía" entre la dictadura del partido o del mercado.

¿Dónde estuvieron los intelectuales y académicos en esos años de desviación del rumbo de la revolución cardenista? En la academia, algunos con alianzas con grupos articulados al salinismo vía la revista nexos y su editorial, un poco de militancia solidaria con Cuauhtémoc Cárdenas, más intensa con López Obrador en propuestas de definición de una política petrolera más nacionalista. Pero sin poder abrir un debate de fondo sobre la herencia cardenista.

En la introducción a la reedición de Las raíces del nacionalismo petrolero, Meyer registra dos datos: la movilización lopezobradorista en 2008 antes de la aprobación de las leyes de Calderón limitó la privatización y un estudio del CIDE de 2006 reveló que el 65% de las élites formadoras de opinión aceptaba la idea de abrir el petróleo a la inversión privada, en la población en general bajaba a 24%. Pero académicos e intelectuales pertenecían a la mayoría que aceptaba capital privado en el petróleo.

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