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* No, no es por ahí... * Más juguetitos nuevos...

AMANECER DEPORTIVO

Hay quienes –por desgracia– vuelven a recurrir a los infundios para buscar acallar las críticas o, como en este caso, un estilo que solo intenta ser distinto al de los demás.

No, el asunto no es por ahí, y no es la primera vez –como seguramente no será la última– que salga a atajarlos. Espero, sin embargo, no caer en su juego y ser, por lo menos, un poco más inteligente que quienes, escudados en la perversión de una red que todos llaman social y su esmirriado cerebro, lanzan al aire un embuste con una alta dosis de ponzoña para satisfacer –quizá– el apetito de sus cercanos o de algún patrón que se sienta aludido.

No, el asunto no es por ahí y jamás lo será. Una y otra vez lo he dicho y lo sigo sosteniendo: el periodismo que acostumbro ejercer y que, bien para algunos y mal para mis ya varios (y leales) detractores me ha diferenciado de otros, no lleva (y nunca llevará) una consigna motivada por otros fines que no sean los de la ética elemental regida por una profesión que, por desgracia, solo es respetada y reconocida en momentos de lisonjas y vituperada en momentos que, como en la mía, ha sido crítica siempre, pero sin dolo.

Ante una crítica –por más ácida que parezca–, el trabajo del aludido debe ser su máxima carta de presentación y, por supuesto, el mejor antídoto para restregar cualquier enjuiciamiento que, sobre su función pública, no sobre su persona, se haga. Esta es, ha sido y será mi única regla, no la mezquindad que mis fieles (¡gracias!) acusadores buscan acuñarme desde el más ruin de sus propósitos.

No es con sandeces ni con calumnias –insisto– como se rebatirá un método que, dicho sea de paso, no busca ser aplaudido, pero tampoco regateado. Y como no pienso modificar mi estilo –finalmente son gajes del oficio que hay que saber apechugar–, ahí les recalco a mis devotos seguidores de mi mal pluma: ¡arriba la tolerancia!

¿Y ahora qué? A mitad de semana, el alcalde Carlos Felton inauguró dos nuevas canchas de futbol con pasto sintético y, con ello, viene a alimentar (¿o alguien puede desmentirlo?) la de por sí aguda anarquía que, a nivel de promotores, existe...y existirá.

Cuando aún husmea la jocosa "Ley Enciso" –que se supone deberá meter en cintura a sus impulsores de ligas y torneos de corte popular en aras de exigirles una cooperación en especie mensual que sigue sin llegar–, un Felton festivo y apapachador da los juguetitos nuevos a un precio –sin un estricto filtro de selección– muy alto.

Primero en el fraccionamiento San Joaquín y minutos después en el Esmeralda, el presidente municipal se dijo contento porque, en su óptica, hay más espacios donde nuestros niños y jóvenes puedan desfogar su instinto deportivo en vez de clavarse en el ocio.

Y, claro, entendemos que es esta (ofrecer oportunidades de desarrollo) una de las obligaciones del gobernante. Pero, cuando sus colaboradores del deporte pujan por establecer un orden y hasta se atreven a empujar una punzante norma, que ya ha sido conocida como la "Ley Enciso" (en alusión a su forjador, el subdirector de la aún devaluada DMD, Daniel Enciso), no es sino un motivo de estancamiento más el logro que se dice conseguir y presumir. ¡Ajúa!