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* PRD: urgido de proyecto, no de Cárdenas * Imposible hacer entrar en razón a AMLO

INDICADOR POLÍTICO

El único escenario que le queda al PRD luego de una revisión de conflictos y opciones es el de un acuerdo en la cúpula, pero nadie va a querer ceder espacios de poder.

Por si algunos lo dudaran, en los documentos básicos del PRD existe la definición del objetivo de construir un socialismo democrático, pero han sido veinticinco años de penurias ideológicas y de estancamiento en el espacio neopopulista de programas asistencialistas. Al final, el PRD se redujo a una simple oficina de colocaciones de la oligarquía dirigente por ser el grupo dominante.

El PRD se ha olvidado de sí mismo como organización partidista; los choques en las élites han causado estragos no sólo en la militancia sino en los medios, disminuyendo su calidad política. Ahora mismo el escándalo por la Línea 12 del Metro está enfrentando a Marcelo Ebrard con Los Chuchos y también con el perredismo controlado por el jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera.

En sus años de existencia, el PRD nunca pudo construir un mecanismo de participación de grupos ni una definición de proyecto nacional. La herencia del Partido Comunista --y no el cardenismo-- lo puso casi automáticamente como la tercera fuerza nacional, después del PRI y del PAN, y ahí se ha mantenido con altibajos, sólo con dos proyecciones hasta un tercio de la votación. Pero nada más.

En el DF el PRD se posicionó del control político y de masas con carro completo al estilo PRI a partir de la elección de autoridades locales en 1997, pero la lucha de grupos está poniendo en riesgo ese dominio en las elecciones locales del 2015. Las tres fases de dirección política del PRD --la de los caudillos, la de los fraudes y la de las tribus-- carecieron de un programa de consolidación como partido político, con escuela de cuadros, preparación ideológica y proyecto nacional, y más bien el partido se usó para cachar expriistas posicionados en procesos electorales.

Así, el PRD priorizó el mantenimiento del poder por encima de la calidad de las definiciones partidistas. Luego de Cárdenas, Muñoz Ledo y López Obrador, el PRD se quedó sin caudillos; las figuras de Marcelo Ebrard, Miguel Ángel Mancera y algunas élites de las bancadas todavía no alcanzan la dimensión de caudillos pero tampoco han sido liderazgos políticos, por lo que el partido ha tenido que regresar a Cárdenas para evitar el éxodo político.

El principal problema del PRD radica en la existencia de tribus internas como corrientes de opinión que se reparten el poder por la confrontación o las complicidades. Existen cuando menos nueve tribus en el PRD, con el control del partido por la que tenga mayoría de consejeros. Esta organización de militancia ha impedido que el PRD tenga una oferta de proyecto de nación que difiera de la neoliberal del PRI y sus alianzas con el PAN.

El PRD no es un partido de izquierda; en todo caso, es una estructura de poder que incluye a cuando menos cinco propuestas políticas: el centro, el progresismo, el neopopulismo, la izquierda en todas sus variantes y el anarquismo. Al carecer de una propuesta ideológica, el PRD ha quedado en una agencia de colocaciones en cargos públicos; por eso, inclusive, el propio Cárdenas pidió posiciones plurinominales para incondicionales como parte de su programa político para hacerse cargo de la presidencia del PRD.

El modelo perredista de partido sólo para cargos públicos llegó a su fin con las nuevas reglas electorales que impiden que algún político salga de su partido para aceptar la nominación por otro. Esta decisión afectará más al PRD que a cualquier oro partido, porque se convirtió en el espacio para expriistas: senadores, gobernadores y diputados dejaban el PRI sólo para una candidatura perredista. Ello contribuyó a que las prácticas priistas se consolidaran en el PRD.

El desafío del PRD --sea Cárdenas el nuevo dirigente o cualquier otro-- radica en reconstruir la organización para convertirla en un verdadero partido político, con reglas y nuevas formas de participación interna. El desgaste del partido y las pugnas en las élites han puesto en riesgo su bastión en el DF, algunas gubernaturas y sus bancadas legislativas.

Sin embargo, el liderazgo de Cárdenas ya no es lo que fue; sus dos derrotas presidenciales en 1994 y 2000, su alejamiento de la política partidista, su colaboracionismo con el gobierno de Vicente Fox en la comisión del Centenario-Bicentenario en pleno conflicto poselectoral perredista de López Obrador en noviembre de 2006 y la inflexible conformación tribal de los grupos y las organizaciones necesitan de un líder carismático, fuerte y con consenso, y en las élites del partido no existe alguien con estas características.

El escenario de relevo en el PRD será crítico, rupturista, desagregador de cuadros y militantes, jaloneado entre las tribus que se van a quedar, con rupturas y definiciones de otras. Lo único que le quedará al PRD es su conformación como grupo dominante de la coalición centro-progresismo-neopopulismo-izquierda, con el partido-movimiento de López Obrador quitándole militancia.

En este escenario, Cárdenas sería la última llamada para el PRD como tercera fuerza nacional coyuntural y por corto plazo. Y no para ganar, sino para perder menos.

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