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* Suárez: no hay reformadores felices * México: 25 años en alcanzar a España

INDICADOR POLÍTICO

Pasada la euforia sentimental de la transición de España a la democracia, la muerte de Adolfo Suárez podría ayudar a reacomodar el proceso a partir de un punto central: la transición fue decisión de Suárez y don Juan de Borbón y tuvo que lidiar con la izquierda socialista, la derecha franquista y las vacilaciones franquistas del rey Juan Carlos I.

Al terminar la transición soviética y perder el sentido histórico, Mijail Gorbachov escribió su experiencia de cómo condujo el proceso de la Unión Soviética de una dictadura centralista y socialista a una democracia. Al final, su evaluación fue pesimista: "no hay reformadores felices".

La transición española pasó por México pero no se quedó. En 1975 estuvo en México una delegación de la Junta Democrática de España, liderada por el Partido Comunista de España --la Plataforma era del Partido Socialista-- para difundir la urgencia de la democracia. En los espacios del PRI, la JD encontró distancia porque el entonces presidente del PRI, Jesús Reyes Heroles, decía que México no necesitaba democracia porque ya era una democracia. México tardó 25 años en entrar a la democracia con la derrota del PRI en el 2000.

La lucha de Suárez por la democracia en España fue en contra de la corriente: su designación como presidente de gobierno fue recibida por los medios con duras críticas --"un error, un tremendo error", tituló El País--. Aun así, Suárez fue el arquitecto de la transición a la democracia en tres tiempos: la ley de la reforma política de febrero de 1977 para elecciones libres, los Pactos de la Moncloa en octubre de 1977 para modernizar el sistema productivo y la Constitución legitimada en diciembre de 1978.

El principal obstáculo político de Suárez fue la izquierda: el Partido Socialista Obrero Español quería el poder, no la democracia. En pleno proceso de transición el PSOE bloqueó a Suárez y a la democracia. En 1980, cuando Suárez necesitaba un poco de más espacio para consolidar la instauración democrática como segundo paso de la transición, el PSOE promovió una noción de censura que debilitó al presidente. Suárez renunció a comienzos de 1981, encaró al golpista Tejero en 23 de febrero y tuvo que entregar el poder a la izquierda.

El PSOE de Felipe González gobernó de 1982 a 1986 y salió expulsado del poder por el abuso de poder, la corrupción y el deterioro del ambiente democrático. Paradójicamente, el Partido Comunista de España, dirigido por Santiago Carrillo, fue una mejor bujía para la transición democrática que el PSOE. En el periodo de construcción democrática Felipe González y el PSOE fueron un dique de contención de la democracia, aunque se beneficiaron de ella durante su larga gestión de catorce años en el gobierno. Por cierto, el hermano de Felipe fue uno de los corruptos que llevó al despido del PSOE del poder.

Suárez salió de la profundidad del franquismo para conducir la democratización. Los medios y los políticos no entendieron que las transiciones democráticas --diría José Francisco Ruiz Massieu refiriéndose a la española que analizó muy bien-- las hacen los dinosaurios. El artífice de la democracia, por cierto, no fue el rey Juan Carlos sino su padre don Juan de Borbón, quien aceptó abdicar al trono a favor de su hijo, a condición de que el franquista Juan Carlos se deslindara del modelo autoritario de Franco y pugnara por una democracia institucional.

Contra todos los pronósticos y contra todas las oposiciones, Suárez instauró la democracia. En 1981 fue echado del poder por el PSOE, buscó espacios políticos y al final, se retiró de la política. Ahora que el rey Juan Carlos I se duele de la muerte de Suárez, hay que recordar que en 1981 hasta el propio Juan Carlos I avaló al PSOE para echar a Suárez del poder con el desdén hacia el trabajo anterior de Suárez. Repudiado por todos los beneficiarios de la transición democrática, del rey al PSOE, Suárez pasó a retiro político.

Suárez fue un hombre del sistema franquista, pero comprometido a instaurar la democracia como paso necesario, indispensable y lógico a la transición. Si España se hubiera quedado en la sola democracia electoral, su escenario habría sido demasiado corto. Suárez vio la necesidad de amarrar la democracia electoral a la reforma del modelo de desarrollo vía el esquema de los Pactos de la Moncloa y España dio el salto a la modernización de primer mundo.

La muerte de Suárez, el domingo pasado, coincidió con el largo periodo de colapso de la estabilidad española, no sólo por la crisis económica sino por el deterioro del pacto por la transición. El colapso económico de 2008 urgió a un nuevo Pacto económico de la Moncloa, pero el socialista José Luis Rodríguez Zapatero desdeñó la crisis y metió a España en la ruptura de los acuerdos sociales de estabilidad. Las protestas sociales, el ajuste impuesto por el Partido Popular y, de nueva cuenta, la mezquindad del PSOE están reventando el espíritu de la transición de 1977-1978 de Suárez. Hasta la frivolidad del rey Juan Carlos I ha contribuido a liquidar la herencia democrática de Suárez.

La España de hoy, qué le debe la estabilidad democrática a Suárez, nada tiene que ofrecerle al instaurador de la democracia, porque traicionó su herencia democratizadora y despilfarró su capital político. Hoy, España anda arañando la restauración del autoritarismo franquista.

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