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2014: volver a la izquierda

Hace unos días, junto a la Fundación Friederich Ebert, convocamos a un diálogo intergeneracional a representantes de la generación emergida del movimiento estudiantil de 1968 y a jóvenes que participan desde temprana edad en la vida partidaria, para discutir sobre la militancia política.

Más allá de las anécdotas a las que dan lugar más de cuatro décadas de transformaciones sustanciales en la vida pública del país y a la enorme brecha entre la militancia clandestina y la persecución política, y el periodo del reconocimiento legal, la participación electoral, el arribo de las izquierdas al parlamento y a los gobiernos locales, junto con el acceso a recursos públicos, hubo en el contexto del debate un reclamo del más joven de los participantes que se resume en una frase lapidaria: "Ustedes son una generación que fracasó".

A 45 años del 68, ¿qué tan certera puede ser dicha afirmación? Las generaciones de jóvenes que emergieron del movimiento estudiantil y más adelante de la guerra sucia que desató en los años 70 el Estado mexicano para aniquilar cualquier intento de disidencia, se formaron en la confrontación permanente con un régimen político profundamente autoritario, en el que la hegemonía de un partido no reconocía más diversidad que la de pensamientos circundantes en torno a la órbita presidencial, donde el propio sistema creaba y sostenía a sus partidos opositores.

Son generaciones que se forjaron en los más diversos movimientos sociales: en la toma de tierras y la conformación de organizaciones campesinas independientes; la invasión de predios para vivienda o el rescate de los damnificados tras los sismos de 1985 desde el movimiento urbano popular; la lucha contra el charrismo y por la libertad sindical; la democratización de las universidades; la lucha feminista; la libertad de presos políticos, la presentación de desaparecidos y la defensa de los derechos humanos, que obligó, tras la campaña de Valentín Campa por la Presidencia de la República en 1976, a una reforma política con la que inició un proceso de crecimiento y unidad de las izquierdas que condujo a las primeras regidurías y diputaciones de representación proporcional, a gobernar cientos de municipios, diversas entidades del país y a disputar la Presidencia de la República.

Fue un proceso exitoso que alcanzó sus mejores momentos durante la elección presidencial de 1988; la formación del PRD, el desafuero de López Obrador y el fraude electoral del 2006, y que hoy se ha agotado.

La izquierda partidaria se encuentra nuevamente fragmentada, en medio de un desdibujamiento ideológico que confunde sus relaciones con el poder y que establece alianzas con la clase política corrupta a la que se pretendía derrotar. Que se mantiene ajena a las causas sociales, sustituyendo su otrora cercanía por prácticas corporativas. Donde los gobiernos que encabeza confunden su responsabilidad legal con una insana convivencia que no permite diferenciar el proyecto político que se pretende representar; y donde los fuertes liderazgos que le dieron cohesión orgánica han sido sustituidos por grupos de presión que han impuesto un modelo de disciplina partidaria sujeto a la subordinación al dirigente o al grupo, fortaleciendo a una partidocracia que impide el relevo generacional.

Viejos y nuevos problemas que en su conjunto allanaron el camino a la mayor derrota política e ideológica infringida a la izquierda en su historia reciente, como la que representan las contrarreformas constitucionales que desmantelan los derechos sociales de los mexicanos y entregan los recursos naturales de la nación, mientras la derecha consolida una coalición conservadora subordinada al poder económico, cediendo poder y soberanía.

En ese contexto la afirmación respecto al fracaso político de las generaciones emergidas de los años 60 y 70 tiene plena validez, aunque trasciende a éstas. Se trata de una derrota de la izquierda que debe replantear el conjunto de su desempeño. Es momento de que la izquierda vuelva a ser izquierda. En estos 45 años han surgido nuevas generaciones que deben superar esta derrota, que no pueden anclarse en el pasado, deben construir su propia identidad, generar sus propios espacios, asumir sus retos, y eliminar el principal obstáculo para su desarrollo: la existencia de una partidocracia que se niega a renunciar a sus nimios privilegios.