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Opinión

AMLO y gobernadores: atracción fatal

Por: Jorge Fernández Menéndez

Andrés Manuel López Obrador. Foto EL DEBATE

Andrés Manuel López Obrador. Foto EL DEBATE

La geografía política nacional ha cambiado de forma notable el primero de julio pasado. No sólo por la abrumadora votación en favor de López Obrador ni sólo por la mayoría que tendrá el próximo presidente, junto con sus aliados en ambas cámaras, sino también por el cambio profundo en los estados, con alternancia en muchos de ellos, pero también porque una mayoría de los congresos locales estarán controlados no por los gobernadores en turno sino por sus oposiciones, sobre todo de Morena. Y ese fenómeno se extiende a los municipios donde ha habido también comicios.

Un caso paradigmático es el Estado de México, donde el PRI ganó un solo distrito local, se quedó con sólo 23 ayuntamientos, ninguno de importancia salvo Valle de Bravo, y el gobernador, Alfredo del Mazo, apenas un año después de haber tomado posesión quedará, en muchos sentidos, amarrado por las oposiciones locales y federales.

La relación de los gobernadores con el Ejecutivo federal no fue sencilla con Vicente Fox ni con Felipe Calderón, tampoco con Enrique Peña. Incluso se habló de virtuales virreinatos de muchos gobiernos estatales respecto al gobierno federal. Lo que sucedía con los gobiernos estatales es que la mayoría de los gobernadores no pertenecían al partido o la corriente del presidente en turno, y vía el congreso apoyados por sus diputados y senadores en una legislatura sin mayoría, tenían un enorme flujo presupuestal de recursos federales del que no respondían al gobierno federal. Incluso medidas tan importantes como los mandos únicos y la reconstrucción de las policías no salieron adelante pese a la urgente necesidad manifiesta en casi todos los estados y de buena parte de los municipios.

Ahora, con los resultados del primero de julio, ya no será así. El futuro presidente López Obrador podrá tener, por primera vez desde el año 2000, control político no sólo sobre el gobierno federal, sino también sobre la mayoría de las estructuras estatales, tanto en forma directa como indirecta, sumado a su propia mayoría legislativa.

En lo primero que se reflejará esa nueva realidad será en algunas leyes que se enviarán a la nueva legislatura en los primeros días de septiembre para cambiar la administración pública, resucitando la Secretaría de Seguridad Pública Federal y reduciendo las atribuciones de la Secretaría de Gobernación (haciéndola eminentemente política) pero dándole también a Hacienda un control casi absoluto del manejo de los recursos. Eso irá de la mano con la presentación del nuevo presupuesto que será construido también por especialistas del nuevo gobierno, acompañados por los funcionarios hacendarios salientes.

Con esos dos instrumentos se espera comenzar a implementar, incluso desde antes de la asunción del nuevo gobierno, los planes de seguridad pública (que incluyen los mandos únicos y los nuevos modelos policiales), al tiempo que se retoma el control presupuestal de los estados. Algunos funcionarios han hablado de hasta 300 mil millones de pesos que se retirarán del control estatal para dejarlos en manos federales. Será desde Hacienda donde se establecerán, en acuerdo con los estados, los proyectos en los que se invertirán la mayoría de los recursos. La mano, obviamente, la tendrá el gobierno federal.

Algo similar intentó hacer en el primer año Luis Videgaray. No tuvo éxito, al contrario, porque los estados se rebelaron y porque la capacidad de control del Ejecutivo respecto a sus homólogos locales era limitada. Ahora esa correlación de fuerzas parece haber cambiado en forma radical. De todas formas, nadie debería pensar que esas medidas se podrán tomar sin resistencia de muchos gobernadores, donde sobre todo los de oposición a Morena, están también preocupados y ocupados en ver cómo operan para la reconstrucción o salvación de sus propios partidos.

TRUMP Y LA CAPACIDAD DE DESTRUCCIÓN

Este viernes, encabezada por el secretario de Estado y exdirector de la CIA, Mike Pompeo, llegará a México una muy importante delegación del gobierno estadounidense. Se reunirán con el presidente Peña Nieto y con su virtual sucesor, López Obrador, acompañado del futuro canciller, Marcelo Ebrard. No es un momento fácil para encontrarse con los niveles más altos del trumpismo: el mandatario estadounidense está en Bruselas, en la reunión de la OTAN rompiendo con sus aliados históricos, sobre todo con Alemania, mientras destila cercanía con la Rusia de Vladimir Putin (aunque ese gobierno y ese mandatario estén investigados por haber intervenido ilícitamente en los comicios estadounidenses). El martes dio un nuevo giro, que tiende hacia la generalización, en la guerra comercial con China. Los planes de reunificación familiar de los migrantes en Estados Unidos están muy lejos de haberse cumplido en los términos decididos por la justicia. Y en el plano interno, la Casa Blanca libra una batalla con los demócratas y muchos sectores sociales por la propuesta de un ministro muy conservador en la Suprema Corte que terminaría de romper los equilibrios en la misma. Pero parece que al mandatario estadounidense le gusta López Obrador, tanto que lo llama Juan Trump. A ver cuánto dura el entusiasmo. Con Trump nunca se sabe.

En esta nota:
  • Geografía política nacional
  • Ejecutivo federal