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Opinión

AMLO y gobernadores, seguridad y delegados

Por: Jorge Fernández Menéndez

Claudia Sheinbaum | Gabriel Jimenez/Reforma

Claudia Sheinbaum | Gabriel Jimenez/Reforma

Si bien el presidente López Obrador dijo en su primera conferencia de prensa como mandatario que tenía “todo el poder en las manos”, lo que es rigurosamente cierto, en estas horas debe haber comprobado que eso no se contradice con la enorme cantidad de hilos sueltos que no se terminan de recoger en el nuevo gobierno.

Ya hemos hablado en términos económicos y financieros de la delicada situación que conlleva la cancelación del aeropuerto de Texcoco y la necesidad de que el presupuesto 2019 se ajuste rigurosamente a los compromisos adquiridos de equilibrio fiscal y no aumento del déficit o el endeudamiento. Pero es quizás en el terreno de la seguridad donde las cosas se perciben más complicadas. 

En primer lugar, porque ni éste ni ningún gobierno puede comprometerse a solucionar en forma rápida un problema que se ha profundizado a lo largo de muchos años y que no se ve, aún, cómo puede ser atendido correctamente. Segundo, porque pareciera que la estrategia no está del todo definida, ni en el ámbito federal ni mucho menos en lo local. Lo sucedido el martes en la reunión de la Conago lo demuestra: existe un conflicto claro entre los gobiernos estatales y los superdelegados que no deviene de la acumulación de funciones de éstos, sino de que son personajes del mismo estado al que llegan con la representación del Ejecutivo federal y eso los convierte en rivales y competidores directos de los actuales mandatarios. Pero si a eso se le agrega que los superdelegados iban a coordinar también las fuerzas de seguridad, como se había propuesto, el choque se volvía inevitable. 

En la reunión de la Conago del martes hubo dos puntos de conflicto: el primero, fue el intento (en eso quedó) de que Claudia Sheinbaum quedara como presidenta de la asociación de gobernadores cuando aún le faltaba un día para asumir el cargo. Finalmente esa intención fue desechada porque estaba evidentemente fuera de forma, y el nuevo presidente es Alejandro Moreno, mejor conocido como Alito, gobernador de Campeche, priista y con una muy buena relación con el presidente López Obrador, al que por cierto no hay que perder de vista. 

El otro tema, el principal, fue el de la seguridad y los superdelegados. López Obrador aceptó que sus delegados participaran de las reuniones de seguridad estatales pero que no tuvieran responsabilidad ejecutiva alguna en ellas. Eso destrabó la integración de las propias coordinaciones que varios gobernadores se habían negado a establecer. Es un buen paso adelante aunque el nuevo diseño de seguridad está avanzando muy lentamente: sigue el debate sobre la Guardia Nacional (una decisión que, como muchas otras, no se tendría que poner a consulta, aunque sean consultas dirigidas y poco representativas); sigue sin definirse qué se hará mientras se establece el marco legal de la Guardia con la Policía Federal o las policías estatales y municipales (Claudia Sheinbaum, en su primer día en la CDMX decidió desaparecer el cuerpo de granaderos, una buena medida publicitaria que olvida que en toda gran ciudad del mundo existe un cuerpo de reacción similar para afrontar desafíos del orden público, lo que no significa en absoluto tener un gobierno represivo). Incluso en término de mandos existe confusión. Es verdad que cambiar las llantas a un coche cuando está en movimiento es muy complejo, pero es una tarea que se debe implementar con claridad y cuanto antes. 

Porque la crisis de seguridad no se ha desvanecido en absoluto. Emboscadas dejan en Guanajuato 21 muertos, en Jalisco seis y luego un mando policial en El Salto, en Veracruz siete; un periodista asesinado en Nayarit; el huachicoleo está en toda su expresión (siete mil 604 tomas clandestinas se han descubierto en lo que va del año), nada ha cambiado porque en unos días nada puede cambiar. El nuevo gobierno es consciente de que ese es su mayor desafío inmediato, pero por eso mismo debe dar pasos con mucha certidumbre para que los avances, necesariamente pequeños, se puedan poner de manifiesto. Hoy todavía no se percibe que sea así. Y aunque se tenga en las manos todo el poder esos son los hilos que se deben ir recogiendo para brindar una imagen de gobernabilidad que el crimen puede ensuciar con demasiada facilidad.

UNA MUJER EN LA CDMX

Inicia su administración en la CDMX, Claudia Sheinbaum y lo hace, no puede ser de otra manera, con claroscuros. Pero me quedo con dos buenas impresiones: primero, que sea el suyo un gobierno donde las mujeres tienen un rol protagónico, en posiciones de poder y en número; y segundo que ha apostado en muchos cargos por hombres y mujeres de formación sólida. Claudia, por formación, no será una gobernante en el mejor sentido de la palabra popular (para eso está el propio López Obrador), su trabajo es más de gabinete y operación y posiblemente eso es algo que hoy la ciudad necesita y requiere.

EL CASO PUEBLA

En estos días se tiene que resolver la elección de Puebla en el TEPJF. Anular esos comicios daría una mala señal una vez que todas las instancias judiciales previas aceptaron la legalidad de los mismos. Hacerlo en uno de los pocos estados que no ganó Morena magnifica aún más esa mala señal. Y que lo haga un Trife que desde julio ha volcado casi todas sus decisiones en favor de Morena, tampoco ayuda.

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