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Opinión

Abrazos en pausa

ANIMAL SOCIAL

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Por Alma Rubí Cantú

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Algo falló y sucedió la catástrofe. Los países más poderosos y las tecnologías más vanguardistas fueron insuficientes para frenar la expansión mundial del virus Covid-19. Una pandemia fulminante, terrible, un castigo sin castigador o castigadores –o tal vez sí, si los hay, algún día lo sabremos–.

La nula preparación, la lenta reacción de los gobernantes y grandes excusas absolutorias fueron agraviantes; nadie vislumbraba una pandemia de esta magnitud, un enemigo invisible, un problema imprevisible. Los argumentos funestos y disparatados se convirtieron, deliberadamente, en una realidad objetiva. 

Nuestra arraigada costumbre de culpar al prójimo de nuestros problemas se personificó y ese alivio de responsabilizar a otros por nuestras desgracias, esta vez no sirvió de consuelo.

Desfilaron muchos por el paredón de los acusados y, aunque existiera un culpable, nada nos dará alivio.

Tan solo en México, más de 286 mil muertes. De lejos se vislumbra aquel 23 de marzo del 2020, cuando nos encerramos en casa; una familia más, como millones de este país, que pensaba en volver pronto a la normalidad. Días paradójicos, el aislamiento: el antídoto contra la pandemia.

Guardamos distancia para protegernos, la forma de salvar y salvarnos era estar solos. Primero fue interesante, vacaciones obligadas, así fueron pasando los días, llenos de nerviosismo, descanso y horas. Empezamos con el ímpetu de limpiar la casa, comer sano, jugar en familia, realizar videollamadas, hacer los pendientes en casa que siempre dejábamos para “después”, estas actividades encabezaron la lista, ya que el “después” había llegado.

Los días fueron pasando: muchos, incontables, infinitos. Todo fue cambiando. Se volvió difícil entender los momentos confusos y extraños que vivíamos.

Con el paso de tantos meses nos convertimos en sobrevivientes de tiempos adversos. El miedo es un monstruo de múltiples apariencias y, en esta pandemia, hemos visto sinfín de sus rostros: las muertes, los huérfanos, las viudas, el desempleo, la soledad, la pobreza, las deudas, trabajar bajo riesgo o no tener empleo, la asfixia del encierro, el miedo de salir a la calle, la lejanía de los seres amados y las ausencias.

No obstante, aquí seguimos, tratando de volver a la normalidad. ¿Cómo vamos? Creo que bien. Hay días buenos y días raros. Veo en los ojos de los míos una mirada inexpresiva, el fastidio, la rutina, y yo me siento igual, pero hay días de sosiego –la mayoría– en los que agradecemos seguir aquí, estar vivos y continuar resistiendo. El proceso es ambiguo, pesan las pérdidas y las ausencias; sin embargo, hay un dejo de esperanza, superponiéndose al miedo. Ya no somos los mismos y nunca volveremos a serlo.

Poco a poco vamos saliendo de las madrigueras, se van llenando las calles que antes estaban vacías y sin sentido. Los niños, los últimos en reincorporarse, ciertos días van a la escuela con cubrebocas, gel antibacterial y todos los protocolos, alternando la vida virtual con la real. Ver a los amigos de lejos cambió la forma de entender y vivir la vida.

Echo de menos a quienes se fueron y esos abrazos que quedaron pendientes. En pausa, extraño ver el rostro de las personas, la cercanía de mis seres queridos, salir de casa sin miedo.

Confinados nació la primavera, se fue el invierno, sumamos un año, ya casi dos que no cuentan y, a la vez, los más importantes. Estos días extraños no se recuperarán, no hay restitución.

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Pese a todo, vamos mejorando, la mayoría ya está vacunada, creo que lo peor ya pasó. Solo hoy admito sentirme triste, me permito llorar y plasmarlo en esta columna. Mañana ustedes, nosotros y yo debemos seguir. 

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