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Adiós, Texas

El 21 de abril de 1836, con los rebeldes texanos a pocos pasos, solo el río de por medio, Santa Anna, para descansar del duro ajetreo de los últimos días, se recostó a la sombra de un árbol. Estaba tan cansado que se quedó profundamente dormido. “Fatigado por haber pasado la mañana a caballo, y desvelado de la noche anterior, me recosté a la sombra de unos árboles, mientras la tropa alistaba sus ranchos. Hice llamar al general Manuel Fernández Castillón, y le previne que vigilara el campo y me diese parte del menor movimiento del enemigo. Como el cansancio y las vigilias producen sueño, yo dormía profundamente cuando me despertó el fuego y el alboroto. Advertí luego que éramos atacados y en un inexplicable desorden. El enemigo había sorprendido nuestros puestos avanzados; una partida, arrollando a las tres compañías de preferencia que guardaban el bosque de nuestra derecha, se había apoderado de él.”
Pronto los norteamericanos se impusieron, ya que los mexicanos corrieron como locos en todas direcciones, buscando salvarse. Santa Anna mismo huyó despavorido, como alma que lleva el Diablo, pero pronto fue alcanzado y tomado preso y conducido a la presencia de Samuel Houston. Para salvar la vida, tuvo que firmar un nefasto tratado por medio del cual entregaba a los texanos este bello territorio mexicano. Así fue como pasó Texas a los Estados Unidos.