Opinión

A la fortuna por los cuernos

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

El año es 1850. La llamada “fiebre del oro” ya entra en decadencia.

Fue entre 1847 y 1855 que tuvo sus mejores años. Ocho años en los que miles de personas dejaron familia y cordura con tal de volverse ricos de la noche a la mañana buscando algún lugar en el que encontrarán un El Dorado norteamericano. Y una de esas “tierras prometidas” fue California. En concreto, el lugar en el que hoy está San Francisco. A ese lugar llegaron gente de toda clase, todos con un sueño que, en la mayoría de los casos, no tardó nada en convertirse en pesadilla debido al agreste terreno, a la inclemente naturaleza y a la consabida violencia que usualmente se desata cada que dos o más descubren que van tras un mismo objetivo. En ese contexto conocemos a los hermanos Sisters, Eli (John C. Reilly) y Charlie (Joaquin Phoenix). Ellos son asesinos a sueldo que no tienen ningún problema en cumplir cualquier encomienda si la paga es buena.

Los hermanos son contratados por una especie de jefe de la mafia (Rutger Hauer) no para matar a alguien, sino para sacarle un secreto a un hombre: una fórmula que, según los dichos, hace que el oro brille en el fondo de los ríos. El inventor de la fórmula se llama Hermann Kermit Warm (Riz Ahmed), que los hermanos persiguen de Oregón a San Francisco, y que también es buscado por un cazafortunas llamado John Morris (Jake Gyllenhaal), contratado por el mismo jefe de la mafia. Obviamente, mientras se desarrolla la persecución, descubrimos que los hermanos tienen otros planes en mente: Eli quiere dejar esa vida errante y violenta, y quizá poner una tienda con lo que ha ganado, mientras que Charlie ansía matar a ese jefe de la mafia que los contrató para quedarse con sus propiedades, su poder, su dinero y, bueno, también con ese secreto que están por sacarle al hombre que persiguen. Basada en la novela homónima de Patrick DeWitt publicada en el 2011, dirigida por Jacques Audiard y con guion escrito tanto por Audiard junto a Thomas Bidegain, Los hermanos Sisters (2018), coproducción entre España, Francia, Rumania, Bélgica y Estados Unidos, resulta una delicia tanto por el trabajo de los actores (aquí vemos un reencuentro entre Gyllenhaal y Ahmed luego de Primicia mortal del 2014, además de la química entre Phoenix y Reilly), como por la forma en la que aborda el que fue el primer género cinematográfico: el bendito Western. Se nota que Audiard hizo la tarea y vio a los maestros (Ford, Hawks, Walsh, Sturges, Mann), y también a los de generaciones posteriores (Leone, Eastwood, Peckinpah, los hermanos Coen), pero no se conformó con imitarlos a la Tarantino. Por ello, en Los hermanos Sisters veremos los elementos de toda la vida, como el majestuoso escenario que se convierte en un personaje más, además del debate entre el deseo de supervivencia y el deber; y para nada teme en aderezar con un sentido del humor despiadado, y de una violencia que aunque logra rayar en la caricatura, cumple con su objetivo: otorgarnos tanto un homenaje como una elegía a tan bello y a veces tan ninguneado género.