Opinión

El problema con la nostalgia

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

En uno de los capítulos finales de la extensa (e intensa) novela Breve historia de siete asesinatos de Marlon James, uno de los personajes lanza una contundente declaración: “Odio la nostalgia; la nostalgia no es la memoria, y no pienso rebajar mi memoria a eso”. Con esa declaración, James resume algo que aquí llamaré: el problema con la nostalgia. Resumiendo, lo que pasa cuando sentimos que nos embarga la nostalgia es que nos encariñamos no con un recuerdo, sino con la “idea romántica” con la que arropamos a dicho recuerdo. Y es esa “idea” la que privilegiamos cada vez que nos toca tomar decisiones sobre nuestro presente y nuestro futuro. Y como solamente es algo que nosotros “creamos”, quizá para justificar nuestra desazón o quizá por razones que ni nosotros conocemos; una vez que confrontamos a la realidad “real” con esa “idea romántica”, salimos perdiendo.

En su primer largometraje, la directora y guionista Ena Sendijarević (1987, Bosnia-Herzegovina) se vale de ese “problema” para poner en movimiento la patética odisea que vive Sara Luna Zoric, que interpreta a la adolescente Alma, en Take me somewhere nice (2019, Países Bajos y Bosnia-Herzegovina). Alma es producto del matrimonio entre dos bosnios que, debido al tenso clima político de hace años, decidieron mudarse a los Países Bajos. Allá creció Alma, así que todo lo que conoce de su país de origen son meras referencias. El “problema” surgió con su padre. Invadido por la nostalgia, el hombre de la casa privilegió país por familia y abandonó a su esposa y a su pequeña hija para regresar al terruño. Muchos años han pasado desde el abandono y también del tenso clima político que originó el éxodo, hasta que un día a Alma y a su madre les llega la noticia de que que aquel hombre ahora está muy enfermo y solo en un hospital bosnio.

Así que la joven decide ir a despedirse de él. Y para llegar al pueblo en el que está el hospital, Alma deberá pedir la ayuda de su primo Emir (Ernad Prnjavorac) y de su amigo Denis (Lazar Dragojević). A veces juntos, a veces cada uno por su cuenta, el trío realizará ese “jarmusheano viaje” que los llevará a conocer en qué consiste buscar una identidad en una lugar como la actual Bosnia. Filmada en formato académico por Emo Weemhoff, la aproximación de Sendijarević al viaje iniciático de Alma deja a un lado cualquier atisbo de sombra para apelar a la levedad de todo y de todos.

Levedad incluso de aquello que a lo lejos parecería perfecto para configurar una tragedia: el ser abandonada por un autobús en medio de la nada, con la maleta, las identificaciones y el dinero; comprender que los lazos sanguíneos no aseguran nada de nada a la hora de encarar situaciones vitales; y que incluso acciones tan inocuas como sentarse a pasar el día en unas sillas frente a la playa puede desencadenar actos violentos. Take me somewhere nice es tanto una mirada irónica al “sueño yugoslavo” que surgió de la posguerra, como una visión de una generación confinada por ¿cuánto? ¿25 años? A un encierro. Generación a la que ahora simplemente se le abrió la puerta, y se le dijo: salgan.

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