Opinión

Fondo y forma

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Estamos en París a finales de los setenta. Sin perder tiempo entramos en materia: en algún lugar una mujer trabaja en la edición de una cinta. Rebobina, revisa, marca, corta, pega. La mujer trabaja en una película porno. Dicha escena involucra a dos hombres. Uno de ellos es joven, menudo, pálido. En él se centra la cámara. La pareja está en lo suyo cuando vemos, entre las ramas de los árboles circundantes, a un tercer hombre. Él se asoma y ve qué está ocurriendo. Corte a, el joven de la escena está en un club nocturno, bailando. Las imágenes siguen empalmándose, válgame el término: vemos lo que sucede en el cuarto de edición, en la película que se está editando, al joven en el club nocturno.

Entonces, el joven se fija en un tipo. Uno de pantalón de mezclilla ajustado, chamarra de cuero, guantes, playera gris oscuro, pelo (o quizá peluca) crespo, negro aceitoso, y, muy importante, una careta de cuero que le oculta el rostro. El joven deja de bailar y se acerca a aquel hombre lentamente. Al verlo acercarse, aquel se adentra en el edificio. El joven lo sigue. ¿Cuántas películas debemos ver para saber qué pasará a continuación? No muchas, debo decirlo. Basta con que fueran unas primeras de Dario Argento, otras de Mario Bava, las del joven Brian de Palma, algunas de Lucio Fulci y, bueno, una de Alfred Hitchcock, Frenesí, y otra más de William Friedkin: Cruising. Ese es apenas es el inicio de La daga en el corazón (2018, Francia y México), segundo largometraje dirigido y coescrito (junto con Cristiano Mangione) por el también músico Yann Gonzalez (1977, Niza). Película a la que llego algo tarde (su estreno fue en el Festival de Cannes del 2018 y en algunas salas nacionales llegó el 17 de mayo del año pasado), pero, como dicen por ahí, “mejor tarde que nunca”.

Retomando la trama: el enmascarado asesina al joven aquel con un arma bastante peculiar. Ese joven era el protagonista de algunas películas visionadas y producidas por Anne (Vanessa Paradis). Ella está en un momento de inflexión en su vida. Ha perdido al amor de su vida, Loïs (Kate Moran, la editora) debido a sus excesos. Y para recuperarla plantea un cambio en su vida y sus obras. La cuestión es que el enmascarado comienza a matar a todo aquel que esté trabajando con Anne en ese proceso. Así que, junto al jocoso Archibald (Nicolas Maury), su actor y director de cabecera, y la propia Loïs; Anne decide investigar quién es el asesino haciendo una película sobre su vida. Y eso incluye tanto desnudar su alma como recrear aquellos asesinatos.

Así entramos al manido juego del “cine dentro del cine”. Gonzalez deja claro que, además de ensayar sobre la forma en la que algunos realizadores contrabandean experiencias personales en sus obras, su intención también va en homenajear a un tipo de cine quizá prohibido para él durante años: el giallo. Cine que se nota que venera. Así que estamos ante un tipo de cine insidioso, violento, que linda sin temor con el fantástico y con lo onírico. Un cine que es hijo de las varias crisis de finales de los sesenta. Y qué mejor forma de realizarle un homenaje que jugando con la parodia. Cierto, a la película quizá le falte algo de fondo, pero eso lo suple su atmosférica forma.

En ese apartado tenemos tan poco que reclamarle.

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