Opinión

Había una vez un cineasta

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Luego de su pasada ucronía fílmica: Bastardos sin Gloria (2009), y de su dupla postwestern iniciada por Django sin cadenas (2012) y seguida por Los 8 más odiados (2015), Quentin Tarantino (1963, Knoxville), ese muralista fílmico, nos presenta su cinta más esperanzadora desde Jackie Brown (1997): Había una vez en Hollywood (2019, Estados Unidos, Inglaterra y China). Y sí, ahí escribí “esperanzadora”, término que sé que no suele esperarse cuando se habla de alguna película del nacido en Tennessee. Pero, bueno ¿Es que no se pesca la referencia al fantástico planteada en el título? Porque Había una vez en Hollywood es, ante todo, una fantasía ucrónica. Aquí Tarantino abraza una idea: poco podemos hacer por cambiar al mundo y cambiar lo que se ha vivido como humanidad, así que ¿qué nos queda? Pues soñar, se responde y en voz alta ¿Y qué mejor “sueño” existe que aquel que se plantea mediante las imágenes de una película? Porque eso, la película a diferencia de cualquier sueño, quizá no resuelva nada pero sí nos unirá en una sola carcajada, un solo suspiro, en algunas lágrimas ¿Podemos conformamos con eso para seguir adelante?

Sobre la “trama” de Había una vez en Hollywood: acompañaremos a un actor, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), que acaba de caer en cuenta que ha entrado en la veteranía, así que debe hacerse a la idea de que sus mejores años quedaron atrás. Aún se le recuerda, pero ya comienza su momento en el que solo interpretará al villano en aquella película o capítulo de una serie. Quizá será contratado como el “maestro” del protagonista más joven o será actuación especial que se perderá en los créditos. ¿Y qué fue lo que logró? Dinero, algo de fama, el amor y desamor de algunas de las mujeres más bellas del planeta, una adicción al alcohol y es todo. ¿Tendrá que conformarse con eso? También acompañaremos al doble de riesgo y amigo de Dalton, Cliff Booth (Brad Pitt). Y aunque a él no le atormenta el entender que su historia ya se debe escribirse con verbos en pasado, sí le queda la duda de qué le deparará el futuro si todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido cumplir anónimamente las fantasías tanto del colectivo como de su amigo. En medio de esos dos “machos crepusculares”, tenemos a la estrella en ascenso: Sharon Tate (Margot Robbie). Joven, inocente, con un aura que encapsula perfectamente lo que esa época del amor, la paz y la esperanza prometía a finales de los 60. Supongo que no será sorpresa que el camino de esos tres personajes, y de muchos más, se cruzaran tanto en una fecha como en un lugar en concreto: la noche del ocho de agosto de 1969, en una mansión de Cielo Drive.

En sus otros largometrajes Tarantino jamás se cortó en señalar lo mucho que sabe de cine: que si el gesto de tal actor en tal escena recuerda a aquella película, que si un “traveling” nos remite a tal director. Juegos de estilo, jugarretas de trivia. Sin embargo, aquí se nos presenta como alguien al que sí les interesan sus personajes, sus historias, hasta sus destinos. ¿La mejor  película de Tarantino? Ni de lejos. Pero sí un paso firme hacia un cierre digno a esa carrera que, de ser cierto lo que anunció hace años, solo le resta un largometraje. Que se espera quizá no con ansias, sí con curiosidad algo morbosa. Al menos de mi parte.