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Opinión

La casa meme

PISTA DE DESPEGUE

Por Agustí­n Galván

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audima

Está ese refrán que hace tiempo no escucho: “Quien todo lo quiere, todo lo pierde”. Me vale para resumir de qué va la segunda película dirigida por Ridley Scott (1937, South Shields) estrenada este 2021, La Casa Gucci (2021, Estados Unidos y Canadá): he aquí la historia de un puñado de personajes que se conocieron, se juntaron, y todo lo quisieron y todo lo perdieron. Basada en el libro escrito por Sara Gay Forden, los guionistas Becky Johnston y Roberto Bentivegna traman una historia que no se preocupa tanto por la exactitud de los hechos, sino por sus aspectos alegóricos e irónicos.

Así que Scott nos ha entregado una opereta cuyo mayor pecado consiste en regodearse de esos momentos destinados a que el actor o actriz en turno se pierda en su personaje, aportando carisma, cierto, pero simplificando la historia al juego de ir uniendo puntos. En un inicio, nos centramos en la perspectiva de Patrizia Reggiani (Lady Gaga), una joven ‘clasemediera’ que un día, en una fiesta, conoce a Maurizio Gucci (Adam Driver), romántico heredero por parte paterna del emporio Gucci. Hijo del más conservador de los hermanos Gucci, Rodolfo (Jeremy Irons), Maurizio estudia derecho pues sueña con vivir lejos del negocio familiar. Sin embargo, con lo que no contó fue con Patrizia y con su ambición.

Ella usa todos sus encantos para enamorarlo, provoca la ruptura familiar de rigor y le muestra qué es la libertad al conseguirle un empleo en la empresa de su padre tras la ruptura familiar. La pareja se casa y ahí es donde regresan a la familia Gucci, puesto que el otro hermano, Aldo (Al Pacino), vive desencantado de que su hijo, Paolo (Jared Leto), sea un bueno para nada y siente que necesita a un heredero de verdad.

Por ello dejamos a un lado a Patrizia y nos centramos ahora en la perspectiva de un Maurizio, que comienza a ambicionar el poder por el poder mismo. Cierto, el guion de Johnston y Bentivegna subraya que la ambición de Maurizio parte directamente de la de Patrizia; sin embargo, en su plan por simplificar las cosas y no enredarse con vericuetos morales o con rigores históricos, nos quedamos con meros bocetos cuya mayor ambición es la de pintarnos una sonrisa cada tanto. Y es hasta el momento obligado en el que nos detallan qué fue de los personajes reales en los créditos finales cuando entendemos que toda acción tuvo consecuencias.

Es ese cambio de perspectiva entre la historia de Patrizia y la de Maurizio la que peor le sienta a La Casa Gucci. Scott intenta justificar a ambos, olvidando que una de sus especialidades es el presentarnos duelos cinematográficos memorables sin que medie empatía alguna. Y, bueno, el refrán lo resume: “Quien todo lo quiere, todo lo pierde”, y aquí Scott quiso hacer una película en la línea de las exitosas series televisivas Succession o Silicon Valley, pero, caray, lo único que logró fue una película plagada de momentos no memorables, solo memeables.

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