Opinión

La kumbia de Ulises

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Está en el canto V de la Odisea: “Ulises pasaba los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiro y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando incansablemente...”. Estamos ante el relato de un rey que por diversas causas tardará más de 20 años en regresar a su patria, con su familia y con su pueblo. En su honor, al síndrome de estrés crónico y múltiple, un malestar emocional que padecen personas que han tenido que dejar sus lugares de origen debido a alguna situación extrema, se le conoce como el Síndrome de Ulises.

Actualmente lo padecen millones de migrantes alrededor del mundo. Ellos simplemente no logran “acostumbrarse” a ese cambio de vida que no pidieron y que están viviendo, así que pasan sus días sumidos en depresión, extrañando todo lo que dejaron atrás, incapaces de seguir con su presente. Y como nada en esta vida es coincidencia, resulta que el personaje principal del largometraje escrito y dirigido por Fernando Frías de la Parra, Ya no estoy aquí (2019, México y Estados Unidos), también se llama Ulises y está interpretado magistralmente por Juan Daniel García.

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Su historia se cuenta desde dos momentos que corren de forma paralela. Primero lo conocemos con el líder de los Terkos, una banda de jóvenes que recorren la periferia de Monterrey sin más interés que el fenómeno de la cumbia (o kumbia). Usan ropa holgada, se decoloran y cortan el pelo de forma vistosa, bailan en los techos, en las cañadas, en las calles, en los callejones; de día, de noche, de madrugada. Sabemos por los dichos de otros miembros de las otras cuatro bandas que conforman La Estrella, que el hermano mayor de Ulises fue una figura importante en el lugar. Murió, pero su leyenda vive y por eso a Ulises y a sus Terkos se les respeta y cuida. Pero las cosas comienzan a cambiar. En la radio, las emisiones son interrumpidas por la voz del presidente Felipe Calderón que anuncia que ha comenzado una guerra frontal contra el narcotráfico. Y esa guerra, como todas, tendrá “daños colaterales”. Uno de esos “daños” es Ulises, que acaba involucrado en un “evento” que lo hace huir de México. Esa es la otra parte de la historia: Ulises acaba recorriendo las calles de Nueva York. Allá malvive arreglando techos con otro grupo de migrantes.

Pero como no logra encajar debido a su filosofía, acaba en las calles, golpeado y sin comprender casi nada de lo que le rodea: ni la música, ni las costumbres, ni el idioma, ni a las personas. Así comienza ese proceso de descubrimiento personal acompasado por un síndrome que lleva su nombre. Ya no estoy aquí capotea cualquier atisbo de estridencia posible, dejándose llevar por una elegante puesta en imágenes que destilan humanidad. El estoicismo de Ulises se impone ante cualquier derrape causado por las desventuras que va acumulando. Y si algo le (y nos) queda claro, es que toda vida está compuesta por momentos. Y el mayor error que se puede cometer es aferrarse al imperio de los recuerdos. Así uno será un extranjero perpetuo, hasta en esa tierra que se dejó atrás y a la que un día se tendrá que regresar.

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