Opinión

Más que un homenaje

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Cristi (Vlad Ivanov) es un veterano policía de Bucarest. Lleva meses involucrado en una trama de lavado de dinero, jugando entre dos aguas: es informante de Zsolt (Sabin Tambrea), un delincuente de poca monta que pretende sacar una astronómica suma de dinero de Rumania propiedad de un narcotraficante español llamado Paco (Agusti Villaronga); y es uno de los policías encargados de detener la operación y atrapar a los traficantes.

El asunto es que la jefa del escuadrón, Magda (Rodica Lazar), ha comenzado a sospechar de él, así que le asigna vigilancia las 24 horas. Y esa vigilancia incluye micrófonos y cámaras en su departamento. Cristi sabe bien dónde están esas cámaras y micrófonos, pero no intenta quitarlos ni salirse del departamento. Sigue con su vida, con sus enredos, a fin de cuentas sabe que a menos que cometa un error descomunal la policía sabrá de sus traiciones, y como su único contacto con los narcotraficantes es mediante ese delincuente que su escuadrón ya capturó mediante una operación montada, solo le resta guardar bien el dinero que ha recibido por sus informes, esperar que las cosas se calmen, seguir adelante. Pero, es en ese momento que aparece Gilda (Catrinel Marlon), novia de Zsolt y ahora contacto con Paco. Ella dice que quiere que Cristi le ayude a liberar a su novio, pero también quiere que vaya a La Gomera, en Islas Canarias, para que conozca a Paco. El dinero que se quería llevar Zsolt sigue perdido. Solo él sabe dónde está y como está en custodia, no pueden llegar a él. No ha hablado, cierto. Pero solo porque no le han dado un acuerdo que lo beneficie. Los narcotraficantes necesitan el dinero urgentemente para seguir con sus actividades, así que Cristi deberá ayudarlos o, bueno, lo usual: desaparecerá él o quizá alguien cercano. Y parte del plan para “liberar” a Zsolt incluye que Cristi aprenda, en un curso rápido, el lenguaje de los silbidos que los Guanches, los habitantes originales de las Islas Canarias, inventaron y utilizaron para comunicarse a distancia. Será mediante ese lenguaje basado en silbidos que Cristi les dará información para lograr sus planes.

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Todo eso lo sabemos, caray, en los primeros diez o quince minutos de la película. Gracias a esa narrativa fragmentada que va del presente al pasado sin descuidar lo esencial: lo importante a la hora de narrar una historia tan entramada, reside en hacer que nos importen sus personajes. Sus devenires y sus pasiones. Y eso precisamente es el corazón de La Gomera (2019, Rumania, Francia y Alemania), brillante película dirigida y escrita por Corneliu Porumboiu (1975, Vaslui). Una cinta que no se va por las ramas jamás: lo suyo es un ejercicio de deconstrucción, tanto estilística como narrativa, de tropos empleados por esas películas que acabaron conociéndose como el cine negro. Más un estilo que un género, y aquí más una continuación y actualización que un mero homenaje, La Gomera es una película que ya entró en mi lista de favoritas de este año que apenas inicia. Y sí, sé que la he visto tarde. Pero, bueno, el año pasado fue el 2020. Recordemos eso. 

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