Opinión

Terror por las cosas inconclusas

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Luego de su exitoso debut con El legado del diablo (2018), el guionista y director norteamericano Ari Aster (1986, Estados Unidos) entregó su segundo largometraje titulado Midsommar: El terror no espera la noche (2019, Estados Unidos y Suecia). No hace falta preguntar si las expectativas generadas tras su primera cinta se cumplieron, Midsommar se estrenó a inicios del mes de julio en Estados Unidos, con críticas que inmediatamente la tildaron de ser uno de los mejores estrenos del año; además de haber triplicado su presupuesto en su corrida por los cines norteamericanos.

Esto es un logro teniendo en cuenta que nunca fue de los “estrenos industriales” del verano. Esta semana llega, apenas, a las salas de nuestro país y dentro de unas semanas encontrará, seguro, una nueva vida y más ingresos gracias su llegada en formatos caseros en el extranjero. El asunto con Midsommar es que, al menos en mi opinión, queda por debajo de lo logrado con El legado del diablo tanto en concisión como en contundencia.

La joven estudiante Dani (Florence Pugh) lleva meses lidiando con una depresión que ya amenaza con destruir su vida. Dicha depresión tiene su origen en las acciones de su hermana, que antes de suicidarse mata a los padres de ambas. Para colmo su novio, Christian (Jack Reynor), no oculta que solo sigue con ella por lástima. Hace mucho que la relación de Dani y Christian debió terminar, incluso antes de la desgracia; pero ella se aferra a esa relación como si la viera como su única salvación, mientras que Christian lo ve más como algo que debe de hacer para no parecer malo.

Esas actitudes de ambos, se vean por donde se vean, jamás acabarán bien. Ya con esas líneas se adivina una historia completa y compleja lista para llevarnos por diversos linderos. Una en la que la tan afamada “toxicidad” será la que reclame su más que obvio protagonismo. Pero para Aster todo ese asunto de relaciones de dependencias apenas y resulta el impulso que necesita para mandar a sus personajes de viaje. Porque resulta que Christian ha terminado la carrera de antropología y es invitado, junto con otros compañeros graduados, a un pueblito al norte de Estocolmo en donde desde hace siglos se celebra la festividad que da título a la película: Midsommar. Dani decide “invitarse” al viaje y solo para “salvar su relación”.

La cuestión es que nada los prepara para lo que sufrirán y atestiguarán en el pueblito ubicado en la provincia de Hälsingland. Y de nuevo, estamos ante el escenario ya conocido: uno de lutos no resueltos, de relaciones forzadas, de impecable cinematografía (gracias al trabajo de Pawel Pogorzelski), de atmósferas inquietantes y de violencia. Aunque, también, de ensayar sobre esa insidiosa y virulenta necesidad de pertenecer a algo: un grupo, una familia, una secta. Al parecer para Aster ese sería el origen de todos nuestros males. Aunque también cabe señalar esa otra hipótesis que se cuela en su aún incipiente filmografía ¿La maldad en verdad deviene de un agente extranjero, de naturaleza demoníaca, o simplemente es el resultado de dejarnos llevar por nuestras carencias? Ah, el terror por las cosas inconclusas.