Opinión

Camino a Manderley

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

En 1938 apareció en las librerías de casi todo el mundo de habla inglesa la novela Rebecca. Escrita por Daphne du Maurier (1907-1989), se trató de la primera entrega que hizo la escritora británica al editor Victor Gollancz como parte del contrato que ella firmó a inicios de 1937 con el que se comprometió a entregarle al editor de forma exclusiva sus próximas tres novelas. Por ese primer libro, entonces sin título y sin trama, se cuenta que Du Maurier recibió mil libras de adelanto.

También se cuenta que durante todo ese año, Du Maurier estuvo batallando por encontrar cómo contar una historia en la que tocara los temas que entonces la embargaban y que podrían resumirse en la siguiente pregunta: ¿qué es más corrosivo para una relación en pareja, los celos o la nostalgia por relaciones pasadas de alguna de las partes?

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Si hacen una búsqueda por archivos digitales, seguro darán con una serie de copias de las cartas que la escritora le estuvo enviando a Gollancz a propósito de sus retrasos con las entregas de aquel primer borrador. Du Maurier escribía más de 15 mil palabras y luego las desechaba porque sentía que todo lo que llevaba escrito solo era “un aborto literario”.

Al final de cada una de sus cartas, Du Maurier siempre le anunciaba que se retrasaría un mes más. La escritora no le pedía permiso al editor, solo le avisaba y luego desaparecía por semanas o incluso por meses. Como estaba casada con un teniente coronel del ejército inglés, Du Maurier se la llevaba viajando entre Londres y el puesto de Alejandría, en Egipto, que es donde estaba su esposo.

Finalmente, fue hasta diciembre y en concreto, luego de Navidad cuando por fin Du Maurier se decidió a asilarse de fiestas, familias y amigos, y en menos de tres meses logró hilar una novela en la que la trama sería, escribió ella en otra carta a Gollancz: “… el siniestro relato de una joven mujer que contrae matrimonio con un viudo… Y sufre las macabras consecuencias que vienen con esa decisión”.

Cuando se publicó la primera edición de Rebecca a mediados de 1938, la espera y seguro que corajes que hizo Gollancz con los retrasos de casi un año de Du Maurier, quedaron en el pasado. La novela fue un éxito de ventas inmediato. Y hasta la fecha, se dice, es un libro que sigue vendiéndose bastante bien tanto en formato impreso como en digital.

Obviamente ese éxito hizo que, primero, a la propia Du Maurier le encargaran una adaptación teatral de su novela y que, segundo, en 1940 el productor David O. Selznick comprara los derechos e importara a un ya no tan joven Alfred Hitchcock a Estados Unidos para que se encargara de la dirección. La adaptación de Rebecca por parte de Hitchcock es un clásico que solo palidece ante la obra posterior del director.

Y aunque esa adaptación ha inspirado a diferentes obras con las que se hermana (por ejemplo, La cumbre escarlata de nuestro Guillermo del Toro), es hasta este 2020 que alguien se animó a firmar un remake oficial de aquella película. Y quien firma esta nueva versión es mi muy querido Ben Wheatley. Y si se preguntan ¿cómo le quedó? Mi única respuesta es: pues ya ven, preferí escribir sobre la historia de la novela que sobre su película. Así está esa adaptación, caray.

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