Opinión

Nidos y especulaciones

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

Estamos a finales de los años ochenta. El matrimonio de los O’Hara (interpretados por Jude Law y Carrie Coon) está completamente roto. Se mantienen juntos solo porque ella, Allison, cuya pasión son los caballos, ha decidido no pedir el divorcio. No quiere poner en juego ni su estilo de vida ni la supuesta paz de sus hijos. Por cierto, ellos son: Sam (Oona Roche), producto de un matrimonio anterior de Allison, y Ben (Charlie Shotwell). Pero, caray, no tardamos ni diez minutos para entender que aquella relación no tiene más futuro que iniciar tocar el fondo.

Él, Rory, es un banquero. Juega con inversiones. Es un especulador. Tiene días buenos y días malos. Es un hombre que nació en Inglaterra, en la parte rural, y que ha tenido éxito en Estados Unidos. Al parecer eso hizo que él se sintiera con ciertas libertades. Entre ellas, aparentar un estilo de vida que francamente no tiene. Insisto, le va bien, pero no es ese millonario piensan todos. Lo que sí tiene, y de sobra, es carisma. Y no duda en aprovecharse de él. Hasta con eso él especula.

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Un día, sin que nada lo preceda, Rory llega con su familia y les informa que ha decidido que ahora se irán a vivir a una mansión en la campiña inglesa. Una que está muy cerca de donde él nació. Ya tiene todo preparado, solo falta que hagan maletas. Obviamente Allison le pregunta si la razón por tan drástico cambio tiene que ver con algo relacionado con el dinero. Quizá algún trabajo que salió mal, quizá ella cometió un error del que no se dio cuenta. Él le dice que no, simplemente se le ocurrió y dice que aquello es algo que servirá para estrechar sus lazos familiares. Nada más. La mudanza se da. Es rápida. Y, bueno, tanto Sam como Ben la resienten de forma inmediata.

Sam se comporta agresiva, confronta todas las decisiones y omisiones. Ben simplemente se aísla más y más. Sin embargo, aquí no vamos a ver explosivas confrontaciones dominadas por la histeria y por la sobreactuación del reparto. Estamos ante una delicada pieza cuya atmósfera es húmeda. Corrosiva, sí, pero, insisto, húmeda. Todo aquí se toma su tiempo para entrar en nuestro sistema. Y acabará acomodándose perfectamente, en parte gracias a esa pasiva puesta en escena a cargo del camarógrafo Mátyás Erdély, que aprovecha cada reflejo posible, tanto en objetos como en la tez de los actores, para contrastar la oscuridad circundante. Pero no hay nada estridente.

El guionista y director Sean Durkin (1981) ha decidido salir de ese silencio de nueve años tras el estreno de su recordada Martha Marcy May Marlene en el 2011, para entregarnos con El Nido (2020, Gran Bretaña y Canadá), una nueva exploración sobre lo difícil que resulta mantener una relación y la cordura contra viento y marea, y contra uno mismo. Obvio, lo que vamos a ver es cómo un barco se hunde. Sin embargo, y a riesgo de soltar más información de la cuenta, lo que me maravilló de la cinta es que me resuelve una pregunta que ni me pasó por la cabeza que existía, ¿qué sucede cuando pasa eso, que un barco se hunde, y resulta que todos los que están a bordo son capitanes?

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