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Opinión

¿Una nueva edad dorada?

PISTA DE DESPEGUE

Por Agustí­n Galván

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Según la mitología, los Titanes fueron doce seres que rondaron la Tierra años antes de la llegada de los dioses del Olimpo. Hijos de Urano y Gea, fueron seis hombres y seis mujeres. Del matrimonio entre Crono, que derrocó a su padre motivado por su madre, y Rea, llegó la Edad Dorada. De ese periodo se cuenta que no hubo necesidad de reglas o castigos, puesto que nadie cometía delitos. El fin lo provocó el propio Crono debido a sus miedos e inseguridades.

Verán, antes de ser derrocado, Urano le advirtió a Crono que así como su propio hijo y esposa lo habían traicionado, a él le pasaría lo mismo. Lo llamó Titán, que significa: “el que traiciona”. Así que, cada que Rea tenía un hijo, Crono lo devoraba. Pero uno de sus hijos, Zeus, escapó de su padre y a los años se sublevó y puso fin a la era de los titanes, comenzando así la era de los dioses del Olimpo. Valga toda esta larga introducción para poner en contexto el segundo largometraje de Julia Ducournau (1983, París), Titane (2021, Francia y Bélgica).

Película que, como su nombre lo indica, toma todas esas referencias mitológicas para contarnos una historia sobre padres, hijos, traiciones, muerte y vida. Alexia, interpretada en un inicio por Adèle Guigue, va con sus padres en un viaje por carretera. Aburrida, comienza a patear el asiento. Él, por aprenderla, descuida el camino. Eso provoca un accidente. Alexia termina con una placa de titanio en la cabeza y, cuando sale del hospital, lo primero que hace es correr a abrazar y besar al auto familiar.

Con esa introducción, Ducournau sienta las bases mitológicas de su historia. Porque, a pesar de todos esos tonos plomizos y de esa puesta en escena naturalista, estamos ante una cinta de corte fantástico cuyo tema se centra en el fin de la humanidad y el posible inicio de ¿Otra “Edad de Oro” regenteada por una nueva camada de Titanes engendrados de las máquinas y la muerte? Titane nos demanda que aportemos nuestra propia lectura.

Resulta imposible quedarnos al margen de intentar explicarnos qué motivó a Ducournau en relatarnos la historia de Alexia, luego interpretada por Agathe Rousselle, que crece y se gana la vida como bailarina exótica que, en sus ratos libres, asesina a todo aquel que ose acercarse a ella con o sin su consentimiento. Sigue viviendo con sus padres y sigue sintiendo atracción por las máquinas. Incluso queda embarazada de un auto. Así que, tras despacharse a una amiga, luego a sus padres, y de comprender que no puede abortar a ese “ser” que lleva dentro, se da a la fuga.

Y la acompañamos, claro. Porque sin importar qué lectura le demos a Titane, que si es una obra sobre la abolición de los géneros, una pieza de body-horror pura y dura o un alegato sobre la paternidad en estos tiempos convulsos; lo cierto es que Ducournau hizo algo que pocos se están atreviendo: una película no convencional, que ya es mítica por su propia premisa. Y lo hizo a la usanza de los relatos: traicionando y castrando a sus progenitores cinematográficos, como ya lo hizo otro titán, Prometeo ¡Bien por ella!

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