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Opinión

La indolencia del tiempo

POR AUMENTO Y DISMINUCIÓN

Por Alexander Quiñónez

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En alguna parte del Eclesiastés dice que “el tiempo y el suceso imprevisto siempre llegan”. De ello puede o no haya daños, afectados, pérdidas que sean reparables o de las que dolerán para siempre. La semana pasada algún aire, algún algo pasó que junto con mis vecinos me quedé sin internet, por ello fui a uno de esos cibers del centro de Culiacán a subir la columna previa. Hacía calor y había calles cerradas que materializaban al tiempo que siempre llega. Tiempo corrompido por cierta falta de cuidado humano, esa indolencia con la que arremete la desgracia. Se había caído el techo en un negocio de la calle Ángel Flores, con personas dentro. Mi faceta capitalina me hizo recordar en el sentir a la Ciudad de México cuando tiembla, cuando allá se activa una vena de fraternidad y apoyo desinteresado entre las personas. Mi mirada buscó eso en la calle Ángel Flores, quería ver que llegaran palas de las ferreterías, más baldes, más algo de apoyo fuerte, de empatía. No digo que no se diera, pero no lo vi. Ya a eso de las 8:15 de la noche alguien llegó con una caja de sueros, al parecer un individuo del Ayuntamiento, el alcalde de Culiacán ya estaba desde hacía rato en el sitio. No es que sea un hecho nuevo, pero la indolente falta de cuidado se da de continuo, como con el bello edificio que la Escuela de Artes de la UAS dejó en 2016, esa casona centenaria que fue su sede por décadas debido a que a un alumno le parecía que podría pasar que se diera una tragedia, pues no había salida de emergencia. Fui un completo crítico de esa idea, pues el hecho es que no porque un edificio sea antiguo eso lo hace inseguro: es la irresponsabilidad con que se les mantenga, y el que alguna autoridad desatienda el inspeccionarlos, lo que cobra factura y hasta vidas. A veces es el capital el que busca que se pierda un espacio para reaprovecharlo, que es lo que a juicio de algunos ha pasado en la casa de Luz López Meza, en la esquina de Obregón y Buelna, y a menor medida en algunas casas de la calle Rosales, todo en el centro de Culiacán.

Por desgracia, a veces no hay las condiciones para el mantenimiento óptimo de los espacios y se toman decisiones difíciles, previsiones para evitar cierta pérdida mayor. Algo así, pero en lo referente a la pérdida de una pieza de arte es lo que ha pasado en el Museo de Arte de Sinaloa (Masin). La seguramente pintura de mayor tamaño en Sinaloa está ahí, durmiendo el sueño de los justos. El plafón mural titulado “El ocaso y la aurora”, del pintor ruso-mexicano Vlady, preciosa pintura ovalada de 81 metros cuadrados de superficie, está en el Masin desde que nació el uso como museo de un edificio de 1832, según data una viga en su entrada. La obra retrata a dos seres perseguidos y persecutores el uno del otro, sol y luna, la luz y la oscuridad descubriéndose la una a la otra, pintadas en técnica veneciana (a la que podemos definir como una manera de pintar con pigmentos de alta calidad que el mismo artista prepara de acuerdo a sus necesidades estilísticas y las del espacio físico de la obra). El artista Vlady cedió su segunda pintura más grande a Sinaloa a finales de los años 80 a un precio simbólico, y cuidó en 1992 su instalación en el techo del Masin, donde el tiempo enemigo lo empezó a dañar con humedad. Lo colocaron por ello en la pared de las escaleras y después, al no accederse a una manera de protegerlo, por 2007 se decidió enrollarlo en una lona color arroz, como a un sushi, y se le dejó en el pasillo del segundo piso. A veces hay alguien sobre él sentado, o algún niño brincándole. “El ocaso y la aurora” tiene apenas más protección que la que seguramente tuvo Vladimir Lenin, -de quien la madre de Vlady era secretaria-, cuando cargando a un pequeño Vlady este se le orinó encima.

Por mi parte el niño que fui, que como dice Neruda, sigue en mí y también ya se fue, añora levantar la vista al techo y ver que ese mural vibre en su color para otros, en su forma para todos. Van tres gobernadores que llegan y no lo salvan, frente a un Francisco Labastida que en su tiempo llegó a ir cada noche al edificio a inspeccionar las obras del museo que fundó junto con su esposa, la doctora María Teresa Uriarte. El estilo y personalidad singulares de Vlady han legado que no haya un cuidado sobre su obra como el de otros artistas mexicanos, a pesar de que en la galería que fundó junto con el artista Héctor Xavier, la Galería Prisse, se le dio su primera exposición a creadores como José Luis Cuevas.

Pude hablar sobre el caso del plafón con Papik Ramírez, director del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), quien me comentó que hay un dictamen del Instituto Nacional de Bellas Artes que prácticamente plantea la restauración como incosteable por la mala condición de la pieza, no tanto por el costo, pues es difícil determinar si vale la pena o no, pero la observación de parte del Instituto, explicó Ramírez, es que no da la relación costo-beneficio ante otras necesidades más urgentes. Si bien, señaló, “cualquier vía que resuelva la situación de la obra es viable para el ISIC, sea quien sea quien administre”. Culiacán está por cumplir sus 490 años, y en ella difícilmente se pueden ver edificios de más de siglo y medio. El Masin, ese lugar donde vive la mayor colección de arte de Sinaloa, está por cumplir 30 años y llega a ellos con una labor de destellos excepcionales, a pesar de los embates del tiempo. Ello gracias a gestores brillantes como el exdirector del hoy ISIC, Ronaldo González Valdés, y también como la maestra Míriam Kaiser, una de esas geniales investigadoras de mirada profunda que crean exposiciones de artes y traen museos al mundo. Espero que algún día el plafón vuelva a respirar, que el tiempo reconozca lo suyo; esa pintura es patrimonio de la nación y es también una pieza increíble que cataliza la facultad humana del soñar, pues siempre, a pesar de la indolencia de las mareas que golpean, hay maneras de pedirle al tiempo que vuelva.

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