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Algunas lecciones (creo)

Del dramático y polémico caso de "La Gran Familia" por lo menos podemos sacar algunas lecciones (creo).

Empecemos por el final. El impacto de los medios. Me temo que estamos llegando a una situación sin retorno. Las autoridades por buenas y no tan buenas razones informan, una y otra vez, de la captura de individuos, duetos, tríos y bandas de presuntos delincuentes. Lo hacen bajo presión porque se encuentran obligadas a informar (buena razón) y para demostrar que están trabajando y que son eficientes (no tan buena razón). Y una vez que eso sucede, los medios exponen a los supuestos delincuentes como si ya se hubiese demostrado con suficiencia y largueza su culpabilidad. Se desatan auténticos juicios de opinión que suelen ser más contundentes y categóricos que los juicios penales. Porque los tribunales mediáticos suelen ser expeditos, ruidosos, sin posibilidad alguna del presunto culpable para defenderse, enfáticos, definitivos...y por ello mismo injustos, alevosos.

¿Será posible construir protocolos que obliguen a la autoridad a preservar los derechos de los probables malhechores? ¿Estaremos en capacidad de crear las condiciones para debidos procesos que aseguren al mismo tiempo castigo a los responsables y garantías procesales a los inculpados? En una palabra, ¿seremos capaces de construir una justicia digna de tal nombre? De la actuación de los medios soy más escéptico. Porque una vez que las procuradurías les entregan un poco de "carnada", se convierten en auténticas pirañas. En aras del espectáculo, de saciar las ansias y apetitos de eso que llamamos opinión pública, son capaces de juzgar y condenar en segundos; por supuesto, sin derecho a ningún tipo de apelación.

Ahora vamos al inicio. Al núcleo duro y fundamental del asunto. Existen en el país un sinnúmero de niños sin familia o cuyos familiares no los pueden atender. Esa es la fuente original de un no sistema de albergues públicos y privados. Retóricamente existe un consenso en la necesidad de ofrecer cobijo, educación, cuidado y posibilidades de desarrollo a esos menores, pero todo indica que entre esa buena intención y la realidad media una distorsión del tamaño del Océano Atlántico. Imagino que debe haber de todo. Y no es el de "Mamá Rosa" siquiera el primer caso. Hace algunos años estalló el desgarrador "escándalo" de Casitas del Sur, un albergue del que habían desaparecido niños sin dejar rastro y la lista de todos ellos ni siquiera se podía completar. Había un descuido tal en su registro, que hacía casi imposible su localización.

Urge entonces poner en el centro de la atención pública la situación de esos menores y edificar un sistema estatal capaz de ofrecer condiciones dignas de vida. Por supuesto, mucho podrían contribuir en esas tareas instituciones privadas pero reglamentadas y supervisadas por alguna autoridad digna de crédito.

Luego de la obviedad anterior, hay que subrayar que la inexistencia de ese sistema de atención y tutela para los niños no puede ser coartada para que se cometan violaciones a los derechos de esos menores, y que si se detectan y prueban, los culpables deben ser sancionados. Y, al parecer, hay evidencia suficiente de que eso sucedió en Zamora.

Pero entonces salta el tema de la impartición de justicia. Quizá estamos, como país, dejando atrás una época en la cual a nombre de la persecución de los delitos, todo se valía. Policías abusivos, ministerios públicos facciosos, jueces venales y reclusorios invivibles conformaban los eslabones del infierno. Eran tiempos como los que narra James Ellroy en sus novelas: policías que convencidos de que había que poner en su lugar a los delincuentes, eran capaces de violar todas las disposiciones legales. Para ellos, no solo el fin justificaba los medios, sino que los criminales (o presuntos) carecían de todo derecho. Esas realidades no han desaparecido entre nosotros, pero hoy, gracias a la expansión del justo reclamo de no vulnerar los derechos humanos, por lo menos ya no se les contempla como una fatalidad, como algo connatural en el combate al crimen. Nos hemos dado cuenta que impartir justicia es un asunto más que difícil. Se requiere distinguir responsabilidades, grados, asignarlas de manera individual, y sobre todo ofrecer las garantías procesales suficientes a los inculpados porque hasta que un juez no los declare culpables siguen siendo inocentes. Es por supuesto un trayecto más sinuoso que el del espectáculo y la venganza, pero es la única forma en que la justicia se vuelve tal.

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