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American Bullshit

PISTA DE DESPEGUE

Digámoslo así: parece que de tanto en tanto a la crítica norteamericana y a la propia industria le gusta sobrevaluar a algún director sin que medie alguna lógica. Un ejemplo es Ron Howard, exniño actor, productor y director que durante algunos años fue presencia obligada en varias galas e inclusive llegó a ganar algunos galardones y no por su mejor cinta a la fecha: Frost/Nixon (2008).

Pero bueno, hablemos del presente. Desde hace cuatro años el aparente favorecido por esa manía es neoyorkino David Oswall Russell (1958). Lejos parecen estar aquellos años en los que el adjetivo recurrente cuando alguien se refería a él era: nefasto. Ahora, lo único que inexplicablemente se escucha es que es un genio.

Luego de conseguir un moderado éxito tanto en crítica y público con su tercer largometraje, Tres Reyes (1999), Russell sorteó de buena forma cada uno de los comentarios nada agraciados que la estrella de su película, George Clooney, dijo durante la promoción de la película. Dichos comentarios fueron detonados por el aparente mal carácter del director, que se trató con la punta del pie a todos los actores e inclusive se lió a golpes con él.

Cinco años después estrenaría I (Heart) Huckabees (2004), una comedia que pretendió inscribirse cómodamente en el apartado de cine independiente que en aquellos años estaba en boga. Basada en su propia adolescencia, la cinta relata el encuentro entre un joven llamado Albert (Jason Schwartzman) con la pareja de detectives existenciales: Bernard (Dustin Hoffman) y Vivian (Lily Tomlin), que contrató para que lo ayudaran a entender algunos de los misterios de su vida. Huckabees resultó su primer revés con la crítica y el público. Sumándole otra vez los malos comentarios de algunos de los actores que participaron en la cinta, no debe ser extraño que tuvieran que pasar seis años para que volviera a estar detrás de la cámara. Y aunque El Peleador (2010) rondó por varias manos antes de caer en las suyas o que Mark Wahlberg no quisiera volver a trabajar con él temiendo se repitiera la experiencia que vivió en Tres Reyes, fue la insistencia de Christian Bale la que le aseguró el puesto. Es con El Peleador con la que comienza la racha que mencionaba al inicio. Le sigue la fallidísima, aunque celebrada comedia romántica Los Juegos del Destino (2012) y ahora Estafa Americana (2013), título que inexplicablemente ha liderado, junto con Gravedad y 12 Años de Esclavitud, la lista de nominadas a los premios de lo mejor de lo mejor del año. Basada en el guión American Bullshit escrito por Eric Warren Singer, que ficcionaba al estilo Argo un surreal escándalo de la vida real ocurrido a finales de los años setenta en Estados Unidos, Estafa Americana narra la historia de Irving Rosenfeld (Christian Bale) y su amante Sydney Prosser (Amy Adams), dos estafadores que se aprovechaban de la crisis económica norteamericana para agenciarse unos cuantos dólares y que son entrampados por Richie DiMaso (Bradley Cooper), un altanero agente del FBI, para que le ayuden a atrapar a una red de políticos y mafiosos involucrados en apuestas, falsificación de piezas de arte y pago por concesiones.

De Estafa Americana lo mejor son las actuaciones de Bale, Adams, Cooper, Jennifer Lawrence y Jeremy Renner. También destacan los rasgos del guión original que Russell respetó (lo pueden leer en The Black List). Lo que falla es ese desparpajo autocondescendiente tan característico, que lo hace un realizador que delega su aparente virtuosismo a la elección de sus actores (a los que aparentementa ya aprendió a tratar), pero que no puede resolver una simple secuencia sin que aquello parezca, tanto en ritmo como en trabajo de cámara, una telenovela.

Y para colmo, igual que una telenovela que no sabe cómo terminar sus tramas, Russell tiende, gracias a su afamada técnica de obligar a que sus actores no se aprendan diálogos, que mejor improvisen, a entramparse con el planteamiento dramático que finalmente resuelve de forma tan deslavada.

Siento que David O. Russell sería un gran director teatral. Pero de ahí a que se ponga tras la cámara y me lo quieran vender como ese nuevo geniecillo, la cosa se complica. Dejémoslo en que ahí tenemos el nuevo director sobrevaluado, veamos sus películas por lo que importa: el trabajo de sus actores, y simplemente sigamos adelante sin volver la vista atrás.

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