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Opinión

Espaldarazo presidencial

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Por Ana Luz Ruelas

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La visita del presidente Andrés Manuel López Obrador a Sinaloa por tres días, sin que haya grandes obras o presupuestos que anunciar, parece tener como propósito central ayudarle a arreglar la casa al gobernador de Sinaloa, pues en los últimos meses se le ha hecho bolas el engrudo, teniendo que deshacerse de su principal aliado, Héctor Cuen, y de la secretaria Díaz, enviada desde Palacio Nacional, así como la guerra de guerrilla que sostiene contra el presidente municipal de Culiacán, Jesús Estrada Ferreiro.

Se ha especulado infantilmente que venir a Sinaloa previo a las elecciones en algunos estados, envía un mensaje simbólico al Cártel del Pacífico para que le ayuden en los comicios. Nos parece fuera de lugar. 

El pecado original de Rocha es haber llegado a la gubernatura sin ser parte de la nomenclatura de Morena en Sinaloa, integrada por bandas y cabecillas que se sienten con derecho de pedigrí. Aunque intenta gobernar con ellos en armonía, las fracciones tienen como lógica principal las próximas elecciones de 2024. Esto provoca que el arranque del primer gobierno de izquierda en nuestro estado sea inercial.

Al ser Morena un movimiento y no un partido con estructuras y jerarquías eficaces, es decir, que funcione conforme a estatutos y programática política, el coordinador estatal, Manuel de Jesús Guerrero Verdugo, hombre de Rocha desde hace más de tres décadas, es una figura decorativa, sin mando para operar políticamente ni capacidad de interlocución.

El político más experimentado con que cuenta el gobernador para estrategias de gobernabilidad es Feliciano Castro, presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso. En el gabinete, solo tiene al secretario general de Gobierno, Enrique Inzunza Cázarez, con mucho poder pero con poca habilidad para operar en la liga triple A de la política, aunque es previsible que aprenda sus secretos. Mientras tanto, el rochismo se ve sitiado por Morena y los presidentes municipales de Ahome, Culiacán y Mazatlán.

Por si fuera poco, el gabinete está convertido, como dicen los argentinos, en un quilombo, cada quien baila con su propia música; secretarios contra subsecretarios, y estos con directores generales y otros subordinados. La resultante es un gobierno sin concierto ni rumbo.

Si consideramos la trayectoria política de Rubén Rocha desde su juventud, es un personaje que le gusta generar situaciones cismáticas, y no es descartable que si lo necesita le pegue una fuerte sacudida al organigrama de la administración pública estatal. 

Hay signos muy reveladores en sus insistentes llamados para que se respeten las competencias de cada funcionario, y algunos señalamientos llevan recados cifrados.

El subsecretario de Educación Media Superior y Superior, Rodrigo López Zavala, uno de los cuadros rochistas con mayor identidad, fue apercibido por su rudeza con una subordinada, aunque el mensaje encriptado era que, si tuviera que irse la titular de SEPyC a la alcaldía de Culiacán, en caso de ocurrir la defenestración de Estrada, no la supliría. Se lo pudo haber dicho en lo personal, pero quiso que lo supieran todos.

Solo un manotazo de López Obrador puede poner orden, y con ello permitirle al gobernador ser una pieza eficiente en la estrategia del tabasqueño para 2024.

Ante ese imperativo, todos son prescindibles, Estrada, el Químico Benítez, Gerardo Vargas, el PAS, lo que hace suponer que si quieren ser fichas del ajedrez para las candidaturas al Senado, tendrán que jugar al son que les toque el de Badiraguato.

Ojalá y nuestras conjeturas se hicieran realidad para que de una vez por todas empiece un nuevo tiempo de transformaciones para el desarrollo de Sinaloa. Perdemos un tiempo valioso.

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