Selecciona tu región
Opinión

La soledad de nuestros muertos

RETORNO

  • Retorno

Por Ana Luz Ruelas

-

Me sorprendió leer en Facebook un escueto mensaje de un profesor de la UAS en Mazatlán que literalmente decía que no quería ser alarmista, pero que informaba del fallecimiento por covid de un sobrino suyo. Semejaba un disparate, algo indeliberado, pues ¿cómo no alarmarse si están muriendo docenas de niños y jóvenes en Sinaloa antes que domestiquemos al virus? Pasará mucho tiempo para que permanezca alojado en nuestro ecosistema cotidiano, y solo provoque resfriados o gripes normales. Entre los estragos de la pandemia, hoy en día se encuentra el reforzamiento de una fría relación entre vivos y moribundos que caracteriza a la civilización moderna, que nos hace distanciarnos física y emocionalmente de los que se van.

En la Edad Media, se tenía una relación cercana y abierta con la muerte. Era un contacto de niños y adultos con los moribundos, visual, olfativa y emocional. En la actualidad, evitamos cercanía con la muerte, acortando los tiempos de duelo, las manifestaciones emotivas, que se guardan para lo íntimo. Vivimos de forma lejana la muerte de los otros. Es la insensibilidad de una época que debemos advertir para evitarla. En La soledad de los moribundos, Norbert Elias (1897-1990) sostiene que “nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”. Como todas las pestes y pandemias de la historia, la actual es una barredora de la faz de la tierra, que arrasa en medio del dolor a hombres, mujeres y niños, sobre todo a los desvalidos, pero ahora agarra parejo.

La mortandad por covid supera ya los 4 millones de personas en el mundo, y en México rebasamos los 300 mil. En Sinaloa nos acercamos a los 7 mil en 16 meses, ocho veces más que los asesinatos en el mismo periodo. Sin embargo, parece que el pesar y la alarma por la pandemia es ocho veces menor. Es decir, la insensibilidad ante las muertes se está convirtiendo en causa de mayores fallecimientos, porque, en un trágico círculo vicioso, contagiamos a los demás por nuestra conducta colectiva, que funciona como acelerador incontenible. También presenciamos fallas de las instituciones para afrontar el flagelo. No se trata de falta de voluntad o recursos, sino de incompetencia palmaria del secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela, y el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell Ramírez. Sería injusto meter a todas las autoridades en una misma bolsa, pues directivos del IMSS, Issste y en los estados trabajan funcionarios ejemplares, como el endocrinólogo Efrén Torres Encinas, secretario de Salud de Sinaloa; directores de hospitales, clínicas, personal médico, brigadistas y voluntarios que se entregan de corazón para atender a las víctimas y realizar labores de prevención. Los que deben entrar al frente de batalla son las autoridades locales. El presidente de Culiacán, Estrada Ferreiro, hace anuncios y videos muy pertinentes, pero pudiera movilizar al personal del Ayuntamiento o voluntarios para recorrer calles y sitios públicos para promover el uso del cubrebocas y las normas de higiene preventivas. En la calle se encuentran muchos vendedores sin que haya quien les indique cubrirse la boca: ambulantes, trabajadores del Ayuntamiento, repartidores. Nosotros mismos bajamos la guardia. Hay demasiadas pérdidas muy dolorosas. Ahora, 80 por ciento de los fallecidos son jóvenes; y si no nos controlamos, el costo social será incalculable. Solidaricémonos con los que hasta ahora han perdido a familiares y cercanos.

Síguenos en

Temas

  • Retorno