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Anteojos para leer la violencia escolar

A raíz de los lamentables casos de violencia escolar que han costado la vida de menores, vemos que ahora son más los medios de comunicación que abordan el tema. Siempre es útil que se aborden las historias que se desdibujan entre las cifras, darle cara y nombre a quienes han sido víctimas de la violencia que permea los muros escolares. En los últimos años se han incrementado drásticamente los números de actos de violencia registrados en las aulas, sobre todo a nivel secundaria. Entonces eran sólo un par de diarios o programas audiovisuales los que daban seguimiento a un fenómeno que causa múltiples confusiones si se aborda en casos aislados, desde una visión acusatoria aislada y sobre todo si se mezcla con el concepto de "bullying" que no necesariamente está implicado en estos casos.

La mayoría de las notas que en este último mes abordan casos de violencia escolar, hacen referencia explícita a la responsabilidad de los niños que recurren a los golpes extremos en riñas infantiles y adolescentes que no son controladas por las autoridades escolares. Se enfatiza el perfil de los agresores, en algunos casos se explica su contexto familiar y en muy pocos se plantea como un problema en el que están involucrados varios círculos que se afectan sistemáticamente.

Así como en los medios la aproximación a este problema resulta desarticulada, las políticas públicas que se han implementado como reacción a las demandas y presiones de la sociedad, están igualmente fragmentadas. Mientras algunas responsabilizan a maestras y maestros, otras acusan directamente a las familias. Lo que es un hecho es que la violencia en las escuelas es un síntoma que refleja la descomposición de nuestros lazos comunitarios. De modo que cada uno de los hilos que permiten cohesionar la convivencia en los espacios compartidos, merecería un diagnostico con soluciones integrales.

Independientemente de la discusión estéril sobre si este es un fenómeno actual o si siempre ha existido, es un hecho que algunos menores y especialmente adolescentes están recurriendo a la violencia extrema como un acto reivindicatorio de su identidad. Encuentran poder y reconocimiento al manifestar su fuerza física y verbal contra otros estudiantes. La diferenciación no está colocada en alcanzar actos meritorios en los que la solidaridad o la creatividad sean aspiracionales, sino que la humillación y la destrucción se vuelven referentes de distinción más apetecibles.

Una vez que los medios han puesto los ojos en el problema y han dado más espacio en sus páginas y pantallas para contar las historias, es momento de evitar a toda costa que el amarillismo limite la solución del problema a la represión de los menores agresores. Para ello es necesario que se acerquen a comprender el problema como un reto de la cultura escolar que, como otros espacios, está siendo capturada por diversas dinámicas de violencias.

Relatar los tristes acontecimientos y sus catastróficos resultados es necesario, pero es más importante no construir una apología de pequeños villanos. Las y los niños y adolescentes que tenemos son resultado de las instituciones que vamos ofreciéndoles para constituir sus espíritus y sostener sus acciones. En ello la escuela definitivamente tiene no sólo una importante responsabilidad, sino una trascendente oportunidad para concebirse como la fundación dinamizadora de nuevos procesos de convivencia social en las relaciones de maestros- estudiantes, alumnas-alumnos y la comunidad educativa con los padres de familia.

Para ello será indispensable vislumbrar programas educativos innovadores que integren dinámicas de introspección y que eleven a rango de reconocimiento la creatividad para impulsar relaciones de respeto a todos los niveles. Los medios pueden asumir su papel para detonar ese enfoque integral que en un mediano plazo derive en políticas públicas sistémicas y que finalmente se traduzcan en ambientes escolares libres de violencia.

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