Opinión

Antes y después

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Por: MANUEL CAMACHO SOLÍS

El presidente Enrique Peña Nieto logró su objetivo principal. Ya hay reforma energética. Él, su equipo y la comunidad de los inversionistas que durante años apostaron en favor de esta reforma festejan. Le darán a Peña Nieto una calificación de 10.

Sin contar con la mayoría, ni siquiera con el 40% de los votos, reformó la Constitución y logró que se aprobaran unas leyes al gusto de los inversionistas extranjeros. ¿Esa calificación de 10 se mantendrá al momento de aplicar las reformas? ¿Lo logrará sin mayores contratiempos en la política?

Su éxito sería lograr que los inversionistas vinieran a México con rapidez. Que se generara una expectativa favorable desde el próximo año, aunque los proyectos y las inversiones tuvieran un calendario de más larga realización. No está fácil. Como lo han expuesto los especialistas de dentro y fuera de México que favorecen la reforma, el aterrizaje va a llevar más tiempo del que sostiene el gobierno. Lo retrasarán las carencias de la infraestructura. La falta de proyectos ejecutivos. Las debilidades de la industria de la construcción. Lo complicarán los problemas sociales que inevitablemente se presentarán. La dificultad de coordinación entre los tres niveles de gobierno. La existencia de grupos de poder y cacicazgos locales. La presencia de las organizaciones de narcotraficantes. Los movimientos de ecologistas, los defensores de los recursos y la coordinación de las oposiciones.

Aún en el caso de que el proyecto económico tuviera éxito, ello no llevará en automático a los resultados de crecimiento y empleo que han sido anunciados por el gobierno. El crecimiento de la economía mexicana depende de varios factores, no exclusivamente del comportamiento del petróleo. De factores externos. Del crecimiento del mercado interno, donde desde luego hay que considerar la política salarial, la política industrial, el avance en la construcción de la infraestructura, los resultados efectivos en la mejoría de la educación y la capacitación, el programa de desarrollo del campo, la ciencia y la aplicación del conocimiento, el avance en el sistema financiero para que podamos contar con uno al menos comparable con el de Chile. Y el surgimiento, asociación y consolidación de nuevas oportunidades para muchos más empresarios. Más allá de los discursos, el proyecto económico no está claro. El énfasis real —la apuesta al petróleo— es más propio de una economía de enclave, como lo fue la del porfiriato.

Existe la posibilidad de que el proyecto energético resulte más difícil del esperado o sea menos rentable. Los ejemplos sobran. Los obstáculos sociales y políticos estarán presentes. Las resistencias sociales en defensa de la tierra. Los movimientos en defensa del agua. La coordinación de movimientos que se activará. El enojo por la intervención del gobierno en las elecciones. El malestar de las clases medias por la mayor desigualdad y por los ejemplos de corrupción. La posibilidad de que la oposición de izquierda resuelva sus diferencias y se articule como el polo natural que competirá con el PRI, en alguna medida en 2015 y con toda seguridad para 2018. Lo que hoy es festejo, podría convertirse en pesadilla.

Los márgenes que tiene el gobierno son mucho más estrechos de los que sostiene su propaganda. Aún ganando en su apuesta económica, habrá todo tipo de resistencias sociales y políticas. ¿Y si pierde? En uno y otro caso, están dadas las condiciones para que se unifique y potencie una oposición con mayor punch que cualquiera otra del pasado reciente. El margen es tan estrecho que el gobierno necesita conseguir un 10 de calificación en la instrumentación de su reforma. Pero aún consiguiéndolo, todavía estará difícil alcanzar las metas de crecimiento de la economía y empleo que ha anunciado. Aún consiguiendo 10 de calificación en la economía, en lo político tendrá el peligro de reprobar: por las resistencias sociales, los desenlaces electorales y las mayores dificultades para gobernar.