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Opinión

Apagar el polvorín del campo sinaloense

Por: César Velázquez

En el campo sinaloense está produciéndose desde hace algunos años, una explosiva sobreacumulación de demandas. Esta sobrecarga, que expresa el desarrollo desigual y combinado de una agricultura altamente tecnificada, orientada a los mercados externos y a garantizar la seguridad alimentaria del país sobre todo a través de la producción de granos, y una agricultura —la del sector social— de baja productividad, con tecnologías premodernas, sin inversiones, ingresos magros y cuyos productores viven casi en inopia permanente. Cada uno de estos sectores tiene su propia carga de conflictividad. 

El primero reclamando casi de modo permanente piso parejo para competir en los mercados globales —sobre todo frente a los productores estadounidenses y europeos, que reciben subsidios millonarios— y cuyos costos de producción son mucho más elevados (tasas de interés, costo de combustibles, semillas, seguros, etc.), en un intercambio desigual que finalmente conduce a profundizar esas asimetrías cuya corrección fue una de los compromisos gubernamentales a raíz de la apertura de las fronteras y del fin del proceso de desgravación arancelaria.

El segundo, constituido por productores depauperados, que sobreviven por obra y gracia de políticas asistencialistas y que solo reproducen sus condiciones de exclusión y marginación, y cuyo aporte a la producción agrícola nacional puede considerarse casi marginal. Son esa parte largamente olvidada y que, sin embargo, hizo décadas atrás una enorme contribución al desarrollo, modernización e industrialización del país, gracias a la masiva transferencia de recursos y riqueza hacia las ciudades y centros urbanos.

En los últimos años, de manera recurrente, se expresa este malestar. Ahora, desafortunadamente, se ha manifestado en el acto inaugural de la XXVIII edición de la Expo Agro 2018, una actividad organizada por la Caades, una entidad no gubernamental que agrupa a varios millares de productores del campo, y que ha convertido a ese encuentro anual a lo largo de casi tres décadas en un foro internacional de intercambio de experiencias y conocimientos, así como de negocios que revitalizan la perspectiva del sector.

Es una lástima que eso haya ocurrido. Los productores o las organizaciones que reventaron el acto consideraron que era la mejor forma de dar visibilidad al problema que enfrentan —pagos atrasados, mejores precios para maíz, frijol y garbanzo, comercialización—, ante el cual las respuestas deben provenir del gobierno federal, y que por angas o mangas se siguen posponiendo, alimentando la irritación de los hombres del campo.

El gobernador Quirino Ordaz, que asistía al acto inaugural, asumió su responsabilidad, escuchó las demandas, expuso razones y argumentos, y les dijo algo que señaló desde su discurso de toma de posesión: que el modelo del campo está agotado y se tiene que modificar. Ahí está la clave para abrir una nueva perspectiva tanto para los productores del sector privado como del sector social.

Articular todos esos liderazgos —porque en el campo también se expresa la pluralidad de la vida social—, e impulsar y encabezar las gestiones ante las instancias correspondientes, es la mejor forma de evitar que el enojo escale y que las demandas sean atendidas.

Como están las cosas, cualquier chispa puede incendiar la pradera, diría algún maoísta despistado.