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EDUCACIÓN, HOY

La búsqueda constante de aprobación es desgastante y la mayoría de las veces inútil… Querer ser aprobado es sano pero necesitar serlo todo el tiempo puede provocar parálisis, desconcierto y frustración. Por fortuna, los códigos rígidos y verticales de hace treinta o cuarenta años ya fueron desechados y en estos días se respira un mejor ambiente de libertad y flexibilidad en los criterios de valoración entre los integrantes de los diversos ámbitos sociales en que nos desenvolvemos. La desaprobación ya no es motivo de dolor de cabeza en las nuevas generaciones y eso produce un ambiente más respirable, más oxigenado; interesa menos el peso de las opiniones ajenas e importa más el punto de vista personal. La apertura de la mentalidad actual se ha convertido en una aliada natural del desarrollo pleno de la individualidad y existe menos molestia en términos generales porque los demás no son ni hacen lo que muchos de nosotros quisiéramos que fueran o hiciesen. Las redes sociales se han convertido en un catalizador de la ruptura de esquemas reducidos y obsoletos en el campo de la aceptación global del otro desde sus legítimas diferencias y eso ha traído como consecuencia que muchos niños y jóvenes en edad escolar sean más desinhibidos y más seguros de sí mismos. Vivir sin el freno de la aprobación es una oportunidad única para manifestar la importancia de la opinión propia y darle el lugar que le corresponde antes que la ajena. Es gratificante, por otro lado, observar como la nueva generación de padres jóvenes impulsa los talentos y capacidades individuales de sus hijos pues curiosamente el mayor índice de desaprobación se da por lo general en el círculo más cercano o sea el que supuestamente "más nos quiere". Poco a poco se van derrumbando los obstáculos que impiden entender lo obvio… comprender que todos somos distintos y que cada uno tiene derecho a ser como considere mejor para sí mismo. Lógicamente, el no necesitar la aprobación de los demás todo el tiempo, requiere de una base sólida y de no caer en la trampa de la imposición ajena. Vale. [email protected]