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Aquellos días de marzo

PORTARRETRATO

Quienes estaban en Lomas Taurinas al caer la noche del 23 de marzo de 1994, recuerdan un mitin terriblemente organizado en un infame barrio, entre cuyas multitudes avanzaba en medio de un general que tenía gota, un policía municipal con cataratas y su hijo, también policía, sin experiencia, Luis Donaldo Colosio, el candidato del PRI a la Presidencia, que apenas en las vísperas había visto que se disipaban los nubarrones en su camino a Los Pinos. El presidente Carlos Salinas, al afirmar "no se hagan bolas", había negado coloquialmente que habría cambio de candidato, y quien había sido una pesadilla política, Manuel Camacho, que negociaba la paz en Chiapas, finalmente lo había reconocido como el elegido. Pero Colosio no estaba tranquilo.

Jorge Medina Viedas, en ese entonces asesor de Colosio y secretario adjunto del PRI, había estado la noche anterior en una cena en el Hotel Executivo de Culiacán, donde el candidato se veía distante. "Veía sin mirar, oía sin escuchar", escribió recientemente. "Colosio vivió torturado por la duda y la desconfianza desde el 1 de enero hasta el 23 de marzo". Es decir, desde el alzamiento del EZLN en Chiapas, donde la mano de Camacho en la insurrección indígena ha sido una imputación desde entonces, hasta el momento de su asesinato.

Ese final de día en Lomas Taurinas causaba angustia y temores a algunos de quienes acompañaban a Colosio, pero sin esperar nada como, en unos cuantos segundos, sucedió. En el remolino de gente alrededor de Colosio, que caminaba hacia su camioneta Blazer al terminar el mitin, un joven bipolar, Mario Aburto, no encontró problemas para acercársele y dispararle a la cabeza. En la confusión y el forcejeo, disparó una vez más, que entró y salió por el abdomen. Ese día, Colosio llevaba puesta una chamarra blindada que le dio el general del Estado Mayor Presidencial, Domiro García Reyes, responsable de su seguridad, que no sirvió para nada. Los tiros fueron a la cabeza y en el estómago, donde penetró porque la llevaba abierta. La escolta tampoco porque Colosio nunca quiso que obstruyeran su acercamiento con la gente.

Al caer Colosio, varios miembros del Estado Mayor Presidencial recogieron el cuerpo y corrieron con él a su camioneta. José Ureña, uno de los decanos en el columnismo político en México, estaba en ese momento en Lomas Taurinas y recuerda el desprecio causado por la desesperación de los militares: "No lo cargaban, lo arrastraban. Su cabeza hacía surcos en la tierra. Cuando lo metieron a la camioneta su cabeza chocaba con la puerta".

Colosio estaba clínicamente muerto desde que entró el primer disparo en la cabeza. Pero cuando su jefe de prensa, Liébano Sáenz la anunció oficialmente en el Hospital General de Tijuana, inició una leyenda que lo inmortalizó. El 23 de marzo se conectó para siempre con el 6 de marzo, cuando en el Monumento a la Revolución pronunció un discurso sobre la desigualdad y la marginación, sobre la injusticia y las cuentas pendientes de un Estado con quienes menos tienen. Es un discurso interpretado como el de la ruptura con su mentor, el presidente Carlos Salinas, el que le dio cuerpo como demócrata y la esperanza, dicen hoy, de millones de mexicanos.

Ese discurso se comenzó a trabajar en la oficina alterna que tenía Colosio en la campaña, en la colonia Del Valle, unos 50 días antes de pronunciarse. Estaban José Luis Soberanes, quien aplastó a Ernesto Zedillo como coordinador de la campaña –ausente en esa reunión-, Samuel Palma, que era una especie de oráculo político, Luis F. Aguilar, el sólido intelectual que aportaba su sapiencia al candidato, Carlos Rojas, quien había construido el Programa Solidaridad, su plataforma política, Marco Bernal (hoy diputado) que fue uno de los operadores para su candidatura, Luis Mendoza Cruz, que trabajaba con él y sigue en el equipo estratégico de Bernal y Manlio Fabio Beltrones, y Javier Treviño (también diputado), quien hacía las minutas. Colosio les dijo que "debía ser un gran discurso", que fuera "el relanzamiento de su campaña". Salinas, estaba de acuerdo.

Ciertamente fue grande. Treviño recordó hace algún tiempo que se revisaron varios de los discursos históricos para encontrar la voz y el tono para el mensaje. Concluyeron en los memorables de 17 minutos de "I Have A Dream", de Martin Luther King en agosto de 1963 en Washington, sobre las aspiraciones igualitarias de los afroamericanos. Aquél era más una letanía que un discurso, pero de su ritmo y énfasis salió el del 6 de marzo. La idea fuerza era "Yo Veo Un México", de indígenas y campesinos, de trabajadores, jóvenes, mujeres y empresarios, de cambio, igualdad y mejores oportunidades, más justo y libre. Una vez terminado, de la pluma múltiple de sus asesores, y escritores y académicos a quienes también les pidieron sugerencias, lo envió a Los Pinos en la víspera de pronunciarlo, donde Salinas, de puño y letra, le hizo observaciones sin quitarle una sola palabra.

Esos días de marzo fueron los que marcaron la leyenda de Colosio. Un hombre esencialmente bueno –aunque muy duro y grosero con sus colaboradores–, que fue construido por Salinas desde la Secretaría de Programación y Presupuesto, en el Congreso, en el PRI, en el gabinete, y en la candidatura presidencial. Norteño mal hablado, que trabajaba intensamente en largas jornadas, al final de las cuales, en ocasiones, tenía momentos lúdicos y de bohemia.

Colosio ha servido para todo en estos años. Para un complot, donde Salinas es el autor intelectual del crimen. Para propaganda política en una campaña presidencial, con la película "Colosio, el asesinato", financiada subrepticiamente por el gobierno de Felipe Calderón para proyectar a todos los priistas como asesinos. Como la justificación de políticos incompetentes quienes sin Colosio fueron nada, o de oportunistas que han sobrevivido engañando con sus falsas cercanías. Pero sobretodo, ha servido para ver cada día lo hondo de la ruptura en las normas de convivencia política y social. No se sabe, si Colosio hubiera vivido, esto se habría evitado. Lo que sí es claro que su asesinato exacerbó las condiciones y estructuras sociopolíticas de este país, que crujían mucho tiempo antes que muriera.

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