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Arnaldo Córdova: recuerdos

Arnaldo Córdova fue un hombre de trato espinoso, áspero. De una dureza difícil de sobrellevar y de modos nada condescendientes. Pero fue un maestro y un autor de primera línea y un legislador excepcional.

Fui su alumno en la maestría de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en el segundo lustro de la década de los setenta. Su clase de teoría política era única e inmejorable. Había que leer a los autores directamente. Nada de manuales, resúmenes, interpretaciones de otros. (Una costumbre más que arraigada por entonces en la licenciatura). Si se trataba de Maquiavelo, Weber, Tocqueville o Marx, no había rutas cortas posibles, era imprescindible hacer el estudio sin andaderas. Arnaldo conocía a los autores y sus obras, los manejaba con fluidez, iba y venía a través de sus planteamientos y los confrontaba con otros ensayistas y enfoques. Inquiría, regañaba, marcaba, y en no pocas ocasiones hacía sentir al alumno como un tonto o un incompetente... pero si se quería aprender, su materia era una de las más buscadas en la Facultad. Era -no me excedo- una de las figuras centrales de Ciencias Políticas.

Había traducido ya la Introducción al pensamiento político de Umberto Cerroni (Siglo XXI, 1967), en aquel entonces un libro obligado. Pero era conocido y reconocido sobre todo por sus inmersiones en la historia reciente de México. En un lapso muy corto publicó tres libros que se leerían con fruición. La ideología de la Revolución Mexicana (1973), La formación del poder político en México (1972) y La política de masas del cardenismo (1974, todas en ERA), se convirtieron desde su aparición, en ensayos multicitados. Eran fruto tanto de una vocación académica como política. La primera se cumplía con rigor, investigación, reconstrucción fiel de los acontecimientos, seriedad, solidez. Y la segunda, partía de la idea de que solo conociendo lo que existía y su historia, eventualmente se lograría su transformación. No creo exagerar si digo que las coordenadas del debate sobre la historia del siglo XX mexicano y la naturaleza de su Estado cambiaron con ellos. Arnaldo intentaba rastrear los procesos que habían generado al Estado postrevolucionario, sus trazos fundamentales y sus peculiaridades. Para ello hacía una inmersión profunda en cuanto documento significativo encontraba y no es casual que su biblioteca sea una de las más completas y deslumbrantes de las que se tenga registro. Años después, en su afán por darle continuidad a La ideología... publicó en Cal y Arena La Revolución en crisis: la aventura del Maximato. Como historiador y/o politólogo su obra se sigue y se seguirá frecuentando. Es una lectura inescapable.

Creo que fue él, junto con Rolando Cordera, quien un poco después de la reforma política de 1977, nos conminó a estudiar el significado de la misma y sobre todo a hacernos cargo de las nuevas rutas que abría para la acción política. No era -decía- una reforma más, y menos sin substancia, sino un cambio que había que explotar para ensanchar las veredas de la política democrática. De aquellas reuniones y debates, a los que concurrimos sindicalistas universitarios, trabajadores nucleares y agrupaciones campesinas que se habían escindido del proyecto que encabezaba Heberto Castillo, surgió el Movimiento de Acción Popular (MAP), y Arnaldo fue miembro de su comisión política. Fue uno de los animadores fundamentales en la complicada y gozosa tarea de elaborar las Tesis y programa (1981).

Luego vino el proceso de fusión de cinco organizaciones de izquierda y la disolución del Partido Comunista Mexicano, para dar paso al Partido Socialista Unificado de México. Arnaldo fue diputado por el PSUM de 1982 a 1985, la segunda legislatura luego de aquella reforma. Eran otros tiempos. La bancada del PSUM la componían 17 diputados de 400 (apenas el 4.25 por ciento) y era la tercera más grande, después de la del PRI que tenía mayoría calificada -para hacer su simple voluntad- y la del PAN. Aun así, Arnaldo se convirtió en una figura respetada y en un legislador sobresaliente. Sus conocimientos, su aptitud para estudiar los temas, sus dotes de polemista, lo hicieron un diputado al que había que prestarle atención y se volvió un referente obligado en no pocos debates. Uno de esos casos, raros entre nosotros, en los que la formación académica y la pasión política se alimentan para bien.

Releo las famélicas notas anteriores. Son apenas los trazos iniciales -desdibujados- de una vida compleja, laboriosa y fértil. Gracias, Arnaldo.

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