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Asesinatos por una nadería

Cómo estarán los infiernos

que los diablos andan fuera!

Por todo México está

muy fuerte la balacera.

Efraín Huerta

"La nota roja mexicana no tiene parangón en el mundo. Las violaciones en la vía pública (y las subsecuentes violaciones en las dependencias policiacas, adonde la víctima habría tenido la mala idea de acudir a quejarse), el asesinato por una nadería, el secuestro arbitrario, el bandolerismo en cualquiera de sus expresiones, son hechos cotidianos y pasan como si nada...". Eso le escribía Jean Malaquais a André Gide en 1944. El primero había llegado a nuestro país en 1943 y su deslumbramiento por la violencia -incluyendo la gratuita- no requiere comentario. (Letras Libres, 186. Junio 2014).

Leída 70 años después, la carta tiene un aroma de actualidad, porque la violencia parece una espiral expansiva que no encuentra diques suficientes para revertirse. Lo más dramático es que no siempre fue así. Fernando Escalante documentó cómo entre 1993 y 2007 la tasa nacional de homicidios, tanto en términos absolutos como relativos, bajó de manera constante y significativa. ("Homicidios 2008-2009. La muerte tiene permiso", Nexos, enero 2011).

Mucho se ha escrito al respecto y con razón. El incremento de la violencia ha afectado a cientos de miles (quizá millones) de víctimas directas y sus familias, pero se ha instalado como una sombra perturbadora que nos acompaña a todos día a día. Los reflejos y rutinas se han trastocado, los temores y precauciones multiplicado y la violencia se apodera de parte del imaginario colectivo como un recurso -me cuesta escribirlo- cada vez más natural, rutinario. Es como si el crimen impactara y modulara el comportamiento de la "gente del común", que paulatinamente se vuelve también más irascible, intolerante, violenta.

Abro Reforma del día 9 de junio para ver lo que nos ofrece en la materia. No parece ser un día especialmente siniestro: "Hieren a cinco civiles en tiroteo michoacano", "Hallan cadáver en barranca de exsecretario de Tlaxcala", "Matan a dos en Uruapan", "Suman 35 cadáveres" (en fosas clandestinas en Guerrero), "Permea en escuelas clima de violencia", "Reportan muerte del capo "El Azul"". Todo en una sola página.

Encontré un estudio singular. No descubre el Mediterráneo, pero contiene dos hallazgos -dos correlaciones- que me parecen elocuentes y preocupantes. Se trata de un rastreo de la empresa Nodo. De 2008 a la fecha ha venido haciendo una medición estadística del "humor social". Se trata de detectar, a través de una serie de reactivos (preguntas), la oscilación de los segmentos de la población. Pues bien, existe una categoría denominada "agresores", que "vive y genera un ambiente agresivo" y que son aquellos, dice el estudio, que reconocen que no respetan las normas, se meten a la fila, agreden en el tráfico, están siempre a un grado de desatar la violencia e incluso reconocen que están dispuestos al ataque. (¡Son un encanto!). Pues bien, en el 2008 representaban alrededor del 2 por ciento de la población, mientras, seis años después, en 2014, su porcentaje llega al 18. Son, el segmento que más ha crecido. El 55 por ciento de los mismos son jóvenes entre los 18 y 35 años, y lo más interesante quizá es que puede observarse una correlación con la evolución de los índices de homicidios y de desempleo.

En 2008, el número de homicidios por cada 100 mil habitantes era de 12.6 y ese número creció en 2011 hasta 24.0, casi el doble. Pues bien, la línea de crecimiento del segmento de "agresores" sigue prácticamente la misma curva incremental, pero con un año de retraso y llega a su cúspide precisamente en 2011, el año de más homicidios por número de habitantes. Hay una especie -digo yo- de contagio social. La violencia empieza a ejercerse por bandas delincuenciales y se incrementa con su enfrentamiento y desafío a las fuerzas policiacas, pero al parecer, contagia a la sociedad. Puede parecer una obviedad: pero el incremento de los homicidios y su secuela de dolor y miedo, parecería que "abarata", vuelve "normal" el uso de la fuerza e infecta el ambiente en el que nos movemos, multiplicando a aquellos que optan por "resolver" sus problemas con métodos brutales.

En otro cuadro se comparan las oscilaciones del desempleo en México con el porcentaje de agresores detectado. Y al multiplicarse el índice de desempleados de 2008 a 2009, observamos cómo los "agresores" crecen en casi la misma proporción de 2009 a 2011. Como si el desempleo, a su paso, fuera sembrando una estela de pendencieros.

Más homicidios, más desempleo, más gente agresiva. Un círculo infernal.

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