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Barbosa ya no está solo

POLITEIA

El desastre total. Podía esperarse una derrota brasileña en semifinales, pero no un marcador lapidario como el que después de la batalla se reflejaba en la pizarra. Quizá ni en mil juegos más, pudiera presentarse un resultado tan contundente, tan sorpresivo, tan desproporcionado como este, similar a la tragedia de la Armada Invencible frente a los piratas holandeses. Los fantasmas del maracanazo de 1950 se hicieron presentes en el mismo escenario poco más de seis décadas después. El sueño terminó en una espantosa pesadilla.

Los mundiales, como el gran negocio que es, se organizan de tal modo que el anfitrión sea protagonista y llegue lo más lejos posible. En el caso de Brasil, no se trataba de llegar lo más lejos posible sino, dado su fuste, alzarse con un nuevo título, el hexacampeonato. Cualquier otro escenario se daba por descartado, y ya se saboreaba el choque de brasileños y argentinos como la batalla final de esta edición de la Copa del Mundo. Ahora alguien tendrá que pagar los platos rotos. Y creo que será la presidenta Dilma Rousseff, quien en breve se someterá a la prueba del ácido de las urnas.

En mi colaboración pasada decía que una eventual derrota brasileña haría que la depresión se tornara de inmediato en rabia: "Una especie de rencor social acumulado por la desigualdad y la pobreza buscaría una válvula de escape a través de la violencia, que prácticamente incendiaría a un país entero. Ahí la derrota no convocaría a un funeral, sino a la violencia". Visto lo visto, creo que me pasé unos cuatro pueblos. El paisaje después de la batalla sólo ha dejado, afortunadamente, destrozos en algunos lugares de Belo Horizonte, Río de Janeiro y Curitiba.

Pero Brasil entero, casi un continente, es hoy un territorio desolado. Y en esta soledad individual y colectiva, hay un personaje, paradójicamente una no-persona que ya no estará solo, Barbosa, Moacyr Barbosa, el portero de aquella selección que en 1950 perdió la final en el Maracaná frente a la selección uruguaya. Sobre Barbosa se cargaron todas las culpas. Fue el apestado, el no-persona, y supo llevar con dignidad esta tragedia, y con él toda su familia, hasta el último día de su vida.

Sin embargo, llegó, aunque algo tarde, el día de su venganza. El innombrable ahora estará acompañado por una larga lista de nombres entre los que aparecen Maicon, Vieira, David Luiz, Gustavo, Fernandinho y Fred, entre otros, encabezados por Luis Felipe Scolari, que se encargó de vaciar de talento a un país plagado de jugadores virtuosos, para terminar sustituyéndolos por un regimiento mecanizado.

Con todo, el futbol se redimió ayer en el encuentro Argentina-Holanda, un partido trabado, con poca oportunidad para las florituras o, como decía Medina de Anda, para "qué florecitas, ni que amores míos". Alguien tenía que ganar. Ahora a esperar la final este fin de semana, para dar por terminado este periodo de enajenación total en el que, unos más, otros menos, terminamos por cosificar nuestras relaciones sociales. Sería bueno decir por un buen tiempo, como Di Stéfano, "Adiós, Vieja".

César Ordorica Falomir. Un amigo gigantesco, un hombre brillante y talentoso, universitario de cepa que entregó su vida al conocimiento y a la ciencia. Pero también con un enorme sentido lúdico de la vida. Lo estoy viendo, cuando en nuestros años de estudiantes jugábamos futbolito en la plazuela Rosales, frente al Edificio Central.