Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

0 0

Barras

Yo recuerdo, y esta no es una confesión senil, cuando ir a un estadio de futbol era una experiencia familiar, divertida, en la que con una pizca de prudencia y dos de sentido común era posible pasársela bien, ya fuera uno aficionado del equipo local o del visitante.

Había plazas más o menos bravas, pero una familia en un partido de fútbol era la norma más que la excepción, y el mayor temor era la humillación de ver al equipo propio perder y aguantar la carrilla de los partidarios del contrincante. Tal vez un autobús o dos secuestrados, pero nada que pusiera en riesgo la seguridad física de los aficionados.

Como muchas otras cosas en México, eso se ha vuelto algo del pasado. Una malévola combinación de ineptitud, complicidad e ignorancia ha hecho que los estadios y los partidos de futbol se conviertan en potenciales campos de batalla, en los que las así llamadas "barras" se apropian de "sus" espacios y los convierten en zonas francas en las que todo se vale.

El episodio más reciente fue protagonizado por un grupo de barbajanes que, escudados en la playera del equipo al que dicen apoyar, arremetieron contra aficionados y policías del estadio Jalisco durante el encuentro entre Atlas y Guadalajara. Las escenas de la agresión, que sólo de milagro no terminó con uno o varios elementos de seguridad muertos, son aterradoras.

A partir de entonces he escuchado y leído multitud de teorías acerca de lo que sucedió. Desde quienes culpan a las "barras" hasta quienes ven en esto el germen de la revuelta social, pasando por los que se dan cuenta, apenas ahora, de los negocios clandestinos que florecen a la sombra del deporte organizado. Todo mundo tiene su hipótesis favorita.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que en esto confluyen todos los intereses posibles. Dueños de clubes, directivos y Federación, autoridades estatales y municipales, mandos policiacos, patrocinadores, vendedores y revendedores, hay una multitud de beneficiarios del statu quo. Los afectados, como siempre, no tienen voz ni voto: los aficionados de verdad, los jugadores, los millones que han hecho de este su deporte favorito sólo pueden ver cómo se desvirtúa.

No me voy a meter en la pueril discusión acerca de los valores, o ausencia de, en este tipo de espectáculos masivos. No conozco país en el que uno o varios deportes no atrapen la atención de un gran público, en el que millones se pegan al televisor, salen a las calles, festejan o lamentan. Desde los gladiadores romanos hasta los campeones de hoy en día, eso es parte del tejido comunitario, del hilado social. Bueno, malo, trivial, superficial, yo no soy nadie para discutir con los gustos de las masas.

Tampoco voy a caer en el fútil intento de sicoanalizar a la sociedad. El problema de la violencia en los estadios, de la rabia que súbitamente deja de estar contenida y se vuelca sobre los indefensos, puede tener todas las causas y orígenes que usted quiera, apreciado lector. Pero tiene un remedio muy simple y se llama respeto y apego a la ley.

Aficionados decentes o salvajes hay en todas partes, pero lo que los mantiene a raya es la aplicación de controles, de consecuencias, que promuevan la buena conducta e inhiban la violencia. Si las autoridades no capacitan adecuadamente a las policías, si los dueños o administradores de estadios no implementan controles de verdad para impedir la entrada de objetos peligrosos, si la Femexfut no aplica sanciones en serio, será imposible eliminar al fantasma de la violencia en los estadios.

Mientras más profunda y sofisticada la explicación de lo que sucede, más fácil evadir responsabilidades. Olvídense de la sociología y concéntrense en la aplicación de la ley; y en asumir cada quien la responsabilidad que le toca.

Así de sencillo.