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¡Basta de llorar!

POLITEIA

Hay algo que los futbolistas mexicanos no tienen: el recurso de la épica. Los aficionados no tenemos gestas gloriosas que cantar, y somos muy dados al victimismo: siempre es otro, un masiosare, el culpable de nuestros dramas y tragedias. El miedo de alcanzar la otra orilla ha hecho a nuestro once perecer en el intento. Siempre se emprende la fuga hacia adelante. Ahora no se desinflaron, sino que estallaron nuestras expectativas. Pero qué le vamos a hacer. Alguien nos retrató: un triunfo invita a la parranda, y una derrota convoca a un funeral.

Por ahí van algunos aficionados –más bien: fanáticos--, todos lloricosos, peor que los jugadores brasileños que a la menor provocación –si es el himno, si hay que tirar un penalti, si los criticaron--, sueltan el llanto. Mientras, los burócratas de pantalón largo --incluido un entrenador con poca neurona y que presume de mucha testosterona, cuyos absurdos cambios son el sustrato de la derrota--, pontifican en los medios sobre la excelente actuación de nuestros héroes de pacotilla, y nos invitan a la renovación de la esperanza.

Ese video viral del fanático mexicano reiterando que "no fue penal", retrata muy bien la desilusión colectiva. Da cuenta también de nuestra enajenación. Una enajenación que en estos días ha admitido múltiples lecturas, entre las que destaca esa inflación de expectativas que de manera impune se encargaron de alimentar los medios electrónicos, más concretamente el duopolio televisivo. Después del fracaso se afirma, sobre todo cuando se carece de mecanismos de defensa para internalizar la derrota, una especie de sentimiento trágico de la vida.

Es cierto, como lo afirma Alfredo Nateras, de la Universidad Autónoma Metropolitana, que "la desilusión colectiva es proporcional al espíritu festivo que se fue construyendo previo al Mundial… Se creó una alta expectativa innecesaria. Es un proceso de duelo que tiene varias etapas y transcurre conforme avanza el tiempo. Cada persona lo tomará dependiendo de la carga emocional que tenga."

¿Cuánto tiempo dura este proceso de duelo, esta depresión? Según Nateras, puede durar hasta tres meses. Puede ser cierto en el caso nuestro. ¿Pero sería igual en el caso de Brasil? Creo que no. Sería mucho peor. El juego rácano de la Canarinha, la ausencia de jugadores que traten al balón con delectación de artistas, dibujan un panorama sombrío en el que gravitan los fantasmas del ya lejano maracanazo de hace 64 años.

Ahí esa depresión se tornaría de inmediato en rabia. Una especie de rencor social acumulado por la desigualdad y la pobreza buscaría una válvula de escape a través de la violencia, que prácticamente incendiaría a un país entero. Ahí la derrota no convocaría a un funeral, sino a la violencia. Por eso, hay que alinear todos los astros. Por lo pronto, ya dieron ayer otro paso. Ah, y con la novedad de que se recuperó una parte importante del gusto perdido. Bueno, al menos en la primera parte.

Mientras tanto, aquí ya no hay que llorar. Mejor volvamos a lo de siempre cada cuatro años: terminar apoyando a la selección brasileña. Aunque algunos no jueguen con balones, sino con sandías.

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