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SAPIENZA

Alrededor del año 90, Juan se encontraba en la isla de Patmos. Siendo el más joven de los apóstoles, debe haber tenido unos 80 años. Ahí recibió la revelación de Jesucristo mismo sobre las cosas que acontecerían al final de los tiempos. En sus diversos escritos –el Evangelio que lleva su nombre, sus epístolas y el libro de Apocalipsis— Juan recalca algo que ha sido pasado por alto por la gran mayoría de quienes llamándose cristianos, no se apegan a las Escrituras. En los primeros versículos de Apocalipsis escribió: "…Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,… a él sea la gloria e imperio por los siglos de los siglos." De acuerdo a esto, lo cual concuerda con lo escrito en otras partes por los otros apóstoles y por Juan mismo, –que escribió: "la sangre de Jesucristo su hijo nos limpia de todo pecado."— lo que limpia los pecados es la sangre de Cristo, y a quien debe dársele la gloria es a él. Sin embargo, no es así. Muchísimos grupos han agregado toda una serie de dogmas, prácticas y tradiciones y se han olvidado de lo que verdaderamente quita los pecados y a quien verdaderamente debe de adorarse. Cuando estuvo en la tierra, Jesús dijo, con relación al pueblo que seguía la religión: "Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí." O sea, era un pueblo que practicaba los ritos religiosos, pero su vida estaba muy lejos de seguir las normas de Dios. Y lo mismo pasa ahora con mucha gente que dice seguirlo. Practican ritos religiosos y siguen normas de hombres pero salen del culto para seguir viviendo la misma vida de antes. No han comprendido la significancia del derramamiento de sangre, –además del dolor y la angustia que significó—, y tampoco se ha comprendido que si no se acepta dicho sacrificio como único pago por los pecados, los pecados no son perdonados. Una persona puede creer o no creer, pero esto tiene implicaciones eternas. Significa que en la aceptación por fe, o el rechazo de este regalo –el regalo de vida a través de su muerte— está el destino final de todos. La elección es de cada uno, y cada quien tiene un boleto que escoger. Para el cielo o el infierno.