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Bulletproof Ending

PISTA DE DESPEGUE

En el 2010, el cineasta norteamericano Francis Ford Coppola tuvo una pesadilla que, según contó en una entrevista para el New York Times, se desarrolló en forma de película pero cuyo final a prueba de balas perdió por culpa de un abrupto despertar.

Decidido a que la historia del sueño no se desperdiciara, escribió primero un cuento y luego un guión. Emocionado, decidió no parar ahí: haría una película de ese sueño sin importar la carencia del tal final a prueba de balas.

Quizá muchos no lo sepan, pero el buen Francis no es extraño al cine de terror/horror. Además del título obvio (su Drácula de Bram Stoker), valdría recordar que debutó con la película Dementia 13, producida de Roger Corman.

Coppola decidió que su nueva cinta estaría más en la línea de su olvidado debut que con el resto de su afamada (y a veces galardonada) filmografía. Todo sería capturado en digital, los actores involucrados lo harían más por amistad que por negocio, la producción ocurriría en su rancho en Napa y alrededores, él mismo la editaría y no se buscaría a un gran estudio para la distribución. Al estilo Charles Band, saldría a carretera con la película bajo el brazo dando funciones especiales que cerraría con una sesión de preguntas y respuestas.

El asunto se torció cuando inicia la producción y se le ocurre la peregrina idea de convertirla en un show de proyección experimental que editaría en vivo basándose en las reacciones del público. También habría efectos especiales prácticos en la sala y actores caracterizados que saldrían de la pantalla. La idea se desechó una vez que iniciaron los ensayos y comprendió que la única forma para montar un espectáculo de esa clase es desembolsando algunos millones de dólares. Mejor armó la película como pudo y cumplió con la presentación de funciones especiales antes de ponerla a la venta en formatos caseros.

Twixt (2011) es el resultado, una malograda cinta de horror que nos muestra un lamentable estado que guarda el director de ese monumento cinematográfico llamado La Conversación. Val Kilmer es Hall Baltimore, el novelista en crisis que recorre cualquier rincón de Estados Unidos con tal de vender su nueva novela, parte de una otrora exitosa serie sobre brujería. En su visita a un pintoresco pueblo californiano coronado por una torre de seis relojes, todos con horas diferentes, en la que se cuenta que vive el Diablo, conoce al sheriff Bobby LaGrange (Bruce Dern), único en el pueblo que ha leído uno de sus libros y que le ofrece, a cambio del crédito de co-autor, una historia que seguramente lo volverá a la lista de los best-sellers: en su morgue está el cadáver de una joven sin identificación con una estaca clavada en su corazón. Mientras llegan las autoridades citadinas, el sheriff le dice que puede investigar qué le pasó a la joven, puesto que no es la única que ha muerto de esa forma.

Baltimore decide quedarse y probar suerte, iniciando una investigación cuya prioridad es dar con ese final a prueba de balas que lo hará conseguir un adelanto salvador con su editor, mientras se entera de varios eventos que ocurrieron en el pueblo, como el asesinato de varios niños en un hospicio, la frugal estancia de Edgar Allan Poe en la localidad o la posible existencia de una comunidad de vampiros al otro lado del lago.

Con un final metido con calzador, una edición desigual que nunca encuentra ni ritmo ni tono y unos efectos especiales lamentables, Twixt arruina criminalmente su mejor carta: el Hall Baltimore de Kilmer es un personaje con mucho potencial, siempre y cuando siga discutiendo vía Skype con su amargada esposa (Joanne Whalley, ex-esposa de Kilmer en la vida real) y con su pedante editor (David Paymer), o reciba en sueños, a la Twin Peaks, la ayuda del siempre lacónico Edgar Allan Poe (Ben Chaplin).

Coppola tuvo una buena serie de televisión en la figura de Hall Baltimore. Esperemos que alguien lo rescate (y de preferencia, que mantengan a Kilmer).