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"Bullying" y racismo en México

El "bullying" es abominable. Lo ocurrido a Héctor Alejandro, el niño que murió en Ciudad Victoria la semana pasada por la brutalidad de sus compañeros de clase, es un recordatorio de lo que pasa todos los días en México y en el mundo. De hecho, hay indicios de que en nuestro país el fenómeno crece en frecuencia y gravedad. Según una nota de "Milenio" (Blanca Valadez, 23/05/14), la CNDH reporta que el número de incidencias aumentó en los últimos dos años en 10%, y ya son siete de cada diez los menores que sufren ese tipo de violencia. La nota cita a una especialista de la Facultad de Psicología de la UNAM que afirma que las víctimas suelen ser niños con alguna discapacidad, o que son obesos o "más morenos de la piel que el resto o demasiado blancos".

El "bullying" es una forma de discriminación contra los que son considerados diferentes. Pero en su versión mexicana esa diferencia contiene a menudo un peculiar ingrediente de racismo. El 30 de noviembre pasado El Universal informó que Angelina, una adolescente de 16 años, había sido acosada durante tres años en la secundaria técnica 42 de Tepito por ser indígena. Fue doblemente victimizada: primero por la negligencia del personal de la escuela que no detuvo los ataques y luego, cuando fue a denunciar los hechos, por autoridades que no admitieron que su tía actuara como su tutora porque su madre no habla español. El rostro de esta muchacha mixteca quedó marcado por las agresiones que recibió.

En varios países existe el "bullying" racista, pero en México es particularmente odioso. Lo es porque aquí es una minoría la que discrimina a la mayoría. Entre los mexicanos los paradigmas estéticos criollos se han impuesto y se ha asignado la etiqueta de fealdad a los indios y los mestizos. Y lo peor es que incluso entre esta porción mayoritaria de la población se llegan a aceptar esos patrones de belleza, y con ellos se entroniza un complejo de inferioridad. No sorprende que tras la Conquista la élite peninsular quisiera incentivar la inmigración europea para "mejorar la raza", pero que hoy se siga apelando a ese concepto es una imbecilidad, y que lo repitan algunos de los discriminados es una desgracia nacional. Y sí, también se llega a "bulear" a los "demasiado blancos", pero quienes más padecen el racismo en México son los "más morenos".

Y es que los indio-mestizos no sólo tienen que soportar el "bullying" contra sus hijos. También está en desventaja ante a los criollos a la hora de buscar trabajo o ascensos laborales, y hasta son menospreciados en ciertas zonas turísticas de su propia patria. Ya hablé en estas páginas del empresario y político mexicoamericano de rasgos indígenas que, orgulloso de la tierra de sus mayores, trajo a sus hijos a conocerla: recién instalados en un hotel de lujo junto al mar, un empleado les impidió el acceso a la playa porque, les espetó, era para huéspedes y "no para nacos". Nutro el anecdotario del oprobio: Sabina Berman me relató en mi antiguo programa de TV "¿A qué le tiras…?" que fue a un balneario con Francisco Toledo y nada menos que a nuestro artista más emblemático le fue negado el paso por la misma e ignominiosa razón: se parece a la mayoría de los mexicanos.

Debemos detener el "bullying", pero también debemos acabar con el absurdo prejuicio de que quienes reflejan un fenotipo autóctono son inferiores. La televisión tiene una grave responsabilidad porque difunde estereotipos discriminatorios en telenovelas y anuncios (recuérdese el reciente caso del casting para un comercial de Aeroméxico que pedía modelos "tipo Polanco"). Claro, el problema es más profundo, y arrancarlo de raíz presupone reconocer que la desigualdad en México no es social sino socioétnica, y que eso preserva nuestra fractura identitaria. El desafío es contrarrestar esa desigualdad y convencernos de que todos, morenos, blancos o de cualquier otro color, somos mexicanos y valemos lo mismo.

Twitter: @abasave