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Cafres sin control .

MAZATLÁN

No importa la ruta de camión que usted tome, seguramente ya ha experimentado un temor por su integridad física a causa de la forma en que los choferes manejan en Mazatlán.

Incluso tampoco tiene que subirse para sentir ese miedo, pues si usted maneja un automóvil habrá también sido víctima de las nada amables formas en que estos señores se conducen por la ciudad. Y si no lo respetan cuando va en carro, mucho menos si va caminando, en moto o bicicleta.

Los choferes del transporte urbano se sienten dueños de las calles y cueste lo que cueste, incluso miles de pesos, lesiones, o vidas, ellos tienen que pasar primero.

Esta ley aplica también para la mayoría de taxistas, pulmoneros, aurigueros y al que le ponga la mano. Por supuesto que también hay ciudadanos que son igual o más irresponsables que el peor de los camioneros, pero si lo ponemos en términos de porcentaje, la cosa cambia.

Porque aunque la mayoría de los ciudadanos si respetan los reglamentos de tránsito, parece que para ser chofer de un camión el requisito es ser un auténtico cafre.

Presumen mucho la capacitación, pero parece que esta es para jugar carreras, cerrarse, invadir carriles a forma de "te quitas o te quitas", y no para conocer los reglamentos y respetarlos. Lo más lamentable es que si este tipo de actitudes no se corrigen, no solamente no va a existir justicia para las víctimas de estos cafres, sino que el número de víctimas seguirá aumentando.

Mazatlán necesita orden, adecuaciones de la infraestructura urbana para que los ciclistas, motociclistas y peatones puedan circular seguros, pero también se necesita aplicar la ley.

Un inspector o tránsito que acepta una mordida a cambio de perdonarle fallas a los choferes del transporte urbano o a los ciudadanos mismos, ayudan a fomentar el desastre y son corresponsables del desorden que actualmente impera en nuestras calles.

La autoridad estatal y municipal le tienen que entrar de lleno a ordenar el transporte. El tiempo que esto tarde en cristalizarse va a significar la pérdida de más vidas. Por eso, se trata de un asunto de urgencia, en el que llevamos décadas de retraso.