Opinión

¿Aún quieren legalizar mota y coca?

EL ASALTO A LA RAZÓN

Por  Carlos Marín

Alejandro Gertz Manero informó ayer que la Fiscalía General de la República bajo su mando “ha asumido plenamente la investigación” del desastre interinstitucional del jueves en Culiacán, “la cual será ejemplar”, y prometió que no habrá impunidad para los responsables.

Sin indicios conocidos para relacionar o, mucho menos, equiparar casos tan distintos, alardeó que lo sucedido en la capital de Sinaloa “no va a ser otro Ayotzinapa...”.

Incomprensible, la invocación de lo sucedido hace un lustro en Guerrero con los estudiantes victimados por narcotraficantes, lejos de alentar el optimismo de que se sabrá lo que pasó, permite especular: ¿acaso el fiscal sospecha o tiene datos que apunten hacia la probabilidad de que los matones de Sinaloa fueron apoyados por servidores públicos, como lo hicieron los policías municipales que levantaron a Los 43 para entregárselos a los asesinos?

Suposiciones aparte, Gertz informó que en lo que va del año y en promedio, ha sido capturado y extraditado un delincuente por semana, lo que totaliza unos 40. ¿Qué ocurrió para que el hijo de El Chapo Guzmán encarne la excepción de la regla?

El innegable poder que la delincuencia organizada tiene en vastas regiones de México nunca se había manifestado con la fuerza que lo hizo en Culiacán. El trasiego y venta de drogas constituye un fabuloso negocio que da a las pandillas una multimillonaria capacidad de compra, ante la cual sucumbe lo que sea que quiera oponer el Estado. Entre jóvenes de amplias capas sociales no prende la consigna “becarios sí, sicarios no”, como tampoco los insistentes mensajes de amor y paz que la 4T les dedica a los “maleducados”.

Por eso mismo, aun si se aprueban, están destinadas al fracaso iniciativas como la del diputado morenista Mario Delgado para crear una empresa del gobierno (CannSalud, por la cannabis) que regule la compra-venta de mariguana, y que quien lo desee, sin sufrir la monserga de tramitar licencias o permisos, pueda cultivar sus propias matas. O peor: como pide el gobernador de Guerrero, que lo mismo se haga con los plantíos y derivados de la amapola (solo falta que se pretenda enriquecer la insensata idea con el establecimiento de precios de garantía, como sucede con algunos comestibles de primera necesidad).

Reglamentadas que fueran las drogas, imagínese a cualquiera de los matones de Sinaloa visitando una parcela del triángulo dorado, feudo de los herederos de El Chapo, y niéguese la elevada probabilidad de un diálogo así:

–¿Qué tal, don Apolinar, ya me tiene mi paquete?

–No, jovencito, ahora no, y ya no se lo podré vender. Fíjese que vinieron de la Cofepris, no, de la CannSalud, y se lo llevaron ya.

–¡Órale pinche viejo! Qué retependejo es usted. Al patrón nadie le ve la cara, ¿pues no sabe lo que pasó en Culiacán? Aquí le dejo la cabecita de su nieto Jaime y nos vemos para la siguiente, ¿va?

Nos vemos luego, no se pase de lanza y que Dios me lo bendiga...