Opinión

Por narco sí, por Los 43 no

EL ASALTO A LA RAZÓN

Por  Carlos Marín

Si fueron liberados los principales autores de la matanza de normalistas de Ayotzinapa debido a que la extinta Procuraduría y la actual la Fiscalía General de la República no documentaron en tribunales delitos contra la salud y delincuencia organizada, lo más probable es que el supuesto dirigente máximo de Guerreros Unidos, José Ángel, El Mochomo Casarrubias Salgado, también termine siendo exculpado.

Las deficiencias crónicas del MP son tan evidentes que terminó en pastelazo la captura de la madre y una prima de José Antonio, El Marro Yépez Ortíz (de la banda Santa Rosa de Lima), quienes ganaron la calle el domingo pese a que, según se afirmó, se les detuvo en posesión de droga (metanfetaminas) y con millones de pesos para el pago de nómina de testaferros del grupo delincuencial.

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En alto contraste, la Fiscalía se ha esmerado en armar acusaciones descabelladas contra el ex director de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón de Lucio, a quien se debe el hallazgo de restos y la identificación de al menos dos de Los 43 desaparecidos en septiembre de 2014. Y lo hace prestándose al perverso juego político de los deudos de los estudiantes y sus representantes, apoyados por la Comisión de la Verdad, la Secretaría de Gobernación, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU y el corrosivo Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, empeñados en castigar al ex servidor público a quien debieran agradecer que, por virtud de sus investigaciones y diligencias, se conoce (sin que a la fecha exista un solo elemento sólido que lo desmienta) el destino atroz que tuvieron esos jóvenes: todos o la mayoría de sus cuerpos fueron quemados hasta su carbonización en el basurero de Cocula. 

Sobre El Mochomo Casarrubias hay que tener en cuenta que en el expediente del caso no existe referencia alguna (ni por nombre ni por su alias) de su vinculación con aquel homicidio tumultuario. El único indicio es frágil por indirecto: la participación activa y confesa de su hermano Sidronio en los asesinatos.

En los chats de Chicago interceptados por la DEA se escucha a un malandro con el pseudónimo Soldado del Amor comunicándose con Silver. En la más acuciosa investigación que se ha hecho, de la desaparecida Oficina Especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos neoliberal, se asienta que la PGR no tenía identificados a los interlocutores de los mensajes, y en versiones periodísticas se identifica a Ángel Casarruvias como el Soldado del Amor y a otro hermano, Zenén Adán Casarruvias como Silver.

Con tan frágiles elementos en su contra, El Mochomo ha de estar relajado en su celda, ya que sus compinches, aun habiendo admitido su responsabilidad, terminaron siendo exonerados.

Si después de 48-72 horas de cometido un crimen se vuelve difícil aclararlo, a casi seis años de la noche de Iguala se torna cada vez más improbable desmentir la abominable, pero hasta hoy incontrovertible verdad histórica.

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