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Carnaval en junio

GUASAVE

La impresión la dieron, como si auténticamente fuera una "familia feliz" de concordancia plena, hermanada por su ideología, principios y valores, los priistas se reunieron el sábado y tuvieron su fiesta de transmisión de dirigencia.

Todos cruzaban saludos y se daban tan sonoros como hipócritas abrazos. Quienes no los conocen dirían que son el paradigma de la unidad y ejemplo de solidaridad política.

Aunque hace meses que concluyeron las fiestas del carnaval, las máscaras en algunos militantes pomposos y distinguidos pretendían esconder el rostro de la inconformidad. No eran posturas en contra del nuevo líder Víctor Espinoza, sino de las formas impuestas a la decisión perpendicular, por la "capitana del equipo", Martha Tamayo.

Ninguno quiso desde luego quitarse las caretas, pero no pocos sabían que detrás de ellas traslucía el semblante de la discrepancia por los arcaicos métodos aplicados, que por cierto y en un ataque de alzheimer olvidaron que en sus tiempos fueron beneficiarios de los mismos.

En ese escenario herrumbroso no daban la imagen del enrarecimiento del clima interno. Buscaban aparentar el sentido de que la asamblea de toma de protesta era armoniosa, mientras el fariseico evento era aderezado con discursos referentes a la unidad.

Sólo faltaba que hubieran servido desayuno a base de "cabeza" para estar a tono con sus sentimientos partidistas que ciertamente andan con las patas para arriba.

Por supuesto nadie alzó la voz, pero en su lenguaje corporal se percibía crípticamente en algunos personajes del priismo su molestia porque en el partido no han cambiado ni en actitudes ni procedimientos a pesar de la estrepitosa derrota que le asestaron el año pasado. Es decir, no aprenden de su pasado.

Ahora bien, si el nuevo dirigente del Comité Municipal del PRI, Víctor Espinoza, es o no designado con base en criterios unipersonales, no es asunto que importe a los guasavenses. Son sus pleitos, son sus aversiones y son sus proyectos. En suma es su guerra intestina y particular.

Lo que sí habría que admitir en justicia a la objetividad a la que obliga el oficio, que cualquiera que hayan sido los mecanismos que se utilizaron para nombrar a Víctor Espinoza, fue una buena y acertada y por lo tanto, mejor decisión.

Y, a contrapelo de las rabietas que por el autoritarismo y escasas normas de urbanidad política de la Tamayo, que produjo en algunos grupos locales, el sucesor de Diana Armenta vendrá a darle una nueva y mejor personalidad al Revolucionario Institucional, algo de lo que está de veras bastante urgido.

Toca precisamente a Víctor Espinoza dar el primer paso para mostrar que aún dentro del ortodoxo método aplicado y ordenado por el CEN del PRI, para su unción, la dirigencia nacional no se equivocó.

El bamoense es quien menos culpa tiene de los roces que pudieran haberse dado en los prolegómenos del proceso electivo y en ese sentido tendrán que sumarse a la tarea, difícil tarea que los priistas tienen enfrente, primero para ganar la diputación federal y después tratar de recuperar el poder municipal.

Para analistas serios de la cosa pública a propósito de la maniqueísta democracia que el PRI ejecuta en sus decisiones, los grupos que de cierta manera manifestaron inconformidad por eso, no deben olvidar ni dejar de lado que si alguna oportunidad tuvieron o tienen de participar y ganar posiciones, no ha sido nunca precisamente gracias al libre juego de las ideas de sus militantes, sino a pesar de aquello y de esto.