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Cartas de la gran guerra

"Pobres de mis monjas francesas, muchos de sus papás se murieron en la Primera Guerra Mundial", solía lamentarse mi madre respecto a la primera generación de religiosas que vinieron de Lyon para fundar el colegio Francés. Muchas de ellas le llegaron a enseñar a esa joven alumna, tan curiosa y preguntona, algunas cartas de su padre escritas desde las trincheras, a la familia. Con los años, muchas de ellas fueron mis maestras. Claro que para entonces ya eran unas ancianas y lo más probable era que ya hubieran olvidado los horrores de "la grande guerre", como la llamaban.

Era evidente que en esa época ignoraba todo acerca de esta guerra. No sabía que habían muerto más de 8 millones y medio de soldados, no sabía que hubo 21 millones de heridos, casi 8 millones de prisioneros y desaparecidos en acción, no sabía que el número de tropas movilizadas fue de 65 millones de soldados, sobre todo de Europa, y menos sabía que todo había empezado con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria, en manos del serbio Gavrilo Princip. Durante toda la guerra los soldados recibieron 12 millones de cartas cada semana. Según la BBC, el arma más efectiva durante la Primera Guerra Mundial no fueron ni las bombas ni el tanque, fue la moral. El Ejército británico creía que era crucial para una victoria aliada y, para ello, la oficina de correos era importantísima. La entrega de cartas era vital por dos razones: primero, recibir los buenos deseos y regalos del hogar era uno de los pocos sentimientos reconfortantes que un soldado podía recibir. La mayoría de ellos pasaba más tiempo combatiendo el aburrimiento que al enemigo, y escribir era uno de los pocos entretenimientos que tenían a la mano. Para alguno de ellos, incluso, era una distracción bien recibida de los horrores de las trincheras.

Segunda razón: las cartas servían como propaganda, ya que todo lo que los soldados mandaban estaba sujeto a la censura. El Ejército británico mantenía que esta medida era para prevenir que el enemigo encontrara información secreta, pero, en realidad, era para prevenir que las malas noticias llegaran a casa. Desde Inglaterra, las cartas tardaban en llegar al frente nada más dos días. El viaje de las mismas comenzaba en un almacén especial localizado en Regence Park. De allí, se embarcaban al puerto del Havre o Boloña o Calais, en donde la sección postal de los Ingenieros Reales se encargaba de clasificarlas y llevarlas a los frentes de batalla. Este grupo de carteros improvisados contaba, al inicio de la guerra, únicamente con 250 personas. Para 1918, ya eran 4 mil personas que se ocupaban del correo. Por sus manos habían pasado 2 mil millones de cartas y 114 millones de paquetes.

La italiana Emma Moreno, de 114 años, mejor conocida como "la abuela de Europa" recuerda las primeras cartas de amor de su novio: "Augusto y yo soñábamos con tener una vida juntos, éramos jóvenes y estábamos prometidos. Él había nacido en 1899, como yo. Cuando llamaron a los soldados a que guerra, se fue a luchar a las montañas, con los alpinos. Nos dijimos adiós. Durante un tiempo, recibí cartas de él, que, por supuesto, hablaban de amor. Y de la guerra. Hasta que dejaron de llegar cartas. Y nunca más volví a ver a Augusto".

En su libro El mundo de ayer, el gran novelista y biógrafo, Stefan Zweig describió la juventud de aquella época feliz previa a la guerra: "Resulta difícil para la generación actual, que ha crecido entre catástrofes, derrumbes, y crisis, para la cual la guerra ha sido una posibilidad continua y algo diariamente esperado, el optimismo, la confianza universal que animaba a los jóvenes desde aquella vuelta de siglo. Cuarenta años de paz habían fortalecido el organismo económico de los países, la técnica había dado alas al ritmo de la vida, los descubrimientos científicos habían infundido el orgullo en el espíritu; inicióse un progreso que en todas las ciudades de nuestra Europa se percibía casi por igual. Nunca Europa fue más rica, más fuerte, ni confió más de un porvenir mejor...", pensaba Zweig antes que llegara el desencanto de la guerra de 1914.

Mañana, 1o. de agosto, se cumplirá un siglo de la declaración de guerra del Kaiser Guillermo II, con su casco y sus bigotes puntiagudos, contra el esposo de su prima, Nicolás II, el Zar de Rusia. Tres días antes, el 28 de julio, Austria ya había declarado la guerra contra Serbia.

Hasta la fecha se siguen descubriendo nuevas cartas de diversos frentes y de varios países escritas hace casi un siglo dedicadas a la mamá, a la novia, a la esposa y a los hijos de soldados muchos de los cuales jamás regresarían.

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